La sonrisa que ningún propietario de hipoteca tendrá jamás.

21 julio, 2010 § 7 comentarios

El 16 de diciembre de 2008 compré cuatro botellas de Jack Daniels en un supermercado de Larnaca, Chipre. Hoy, por fin, me he bebido parte de ese alcohol. 

Su destino original era bebérmelas junto a Fayez Al Ummari, sindicalista palestino con quien apenas 48 horas más tarde me embarcaba rumbo a Gaza. Ni él ni yo sabíamos que nuestro barco sería el último en llegar a puerto sin ser asaltado por la armada israelí. Fayez no dudaba que el registro al llegar a casa se las llevaría por delante. Por eso yo las “escondí” en mi mochila. Quizás con un extranjero la moral islámica no sería tan estricta. Error. Intento inútil. A mí también me pidieron que mostrase mi equipaje. Un simpático oficial las vació en aguas del puerto apenas media hora después de atracar. A él le detuvieron y le retiraron el pasaporte. A mí me sonrieron con conmiseración (privilegios de infiel). Un palestino que regresa a casa después de contar por media Europa lo que les sucede a sus compatriotas puede perder toda su legitimidad de resistente si pretende disfrutar de unos tragos con los que relajarse. No tardé en darme cuenta de lo complicada que resultaría mi estancia en Gaza. De un modo u otro, yo también acabé acusado de nosequé, con cuatro bofetones y varios encañonamientos y expulsado en dirección a casa (espero que no fuera debido al Jack Daniels, que debe ser bebida de espías).

El 11 de enero de 2009, conseguí encontrarme con Fayez de nuevo. A falta de Jack Daniels, café. Que también excita, pero menos. 

Café con leche y dos semanas de guerra a nuestras espaldas. En la búsqueda de ese periodismo empotrado con los civiles que trataba de redactar se me ocurrió que debía dormir en casa de una familia palestina. Para sentir lo que ellos sentían. Para escribir mi crónica desde la experiencia de una noche de bombardeos en primera línea y sin ningún tipo de protección. Qué mejor que acercarme al “Proyecto Beit Lahie”, a casa de Fayez y sus 11 hermanos que, con una media de 6 hijos por familia (sólo Fayez ya aporta 8 púberes al contexto) superaban los misiles israelíes como mejor podían. A velas, pan con tomate frito, paciencia y miedo. Una y no más. Unos sesenta niños agrupados en la planta baja del edificio. Desde lactantes a cuasi adolescentes. Que me hablen luego de bombardeos selectivos y daños colaterales. Hay que vivirlo (el terror próximo a la taquicardia) para entenderlo. (y yo preocupado por roncar)

El 12 de enero de 2009 publiqué esto en EL MUNDO (sólo de leerlo quiero llorar):

La calle Al Ummari se queda vacía. No hay electricidad se mire donde se mire y la única luz que se aprecia proviene de velas y de pequeñas lámparas de fuel. Muy pocos tienen linternas, pues las pilas son caras. La peluquería, sin clientes, pero llena de jóvenes que fuman y pasan las horas, acaba de cerrar. Era el último vestigio de vida. En casa de Fayez, todos los niños se reúnen en una habitación, mueven los colchones, abren las mantas, colocan los cojines, las madres arropan a los bebés. Se preparan para pasar la noche. Una casa es desalojada a unos 100 metros. Han recibido la llamada.

Los aviones espía se acercan y alejan, los F-16 sobrevuelan el campo. El ruido es aterrador. Algunos niños, los más pequeños, lloran. Otros ya duermen. Indiferentes. Acostumbrados a la realidad. Al cerrar los ojos, tratando de conciliar el sueño, comienza a oírse el silbido de la bomba que cae. Dos, tres segundos, y el corazón se acelera pensando que viene directa hacia la casa. Posteriormente, cuando se siente la explosión, el cuerpo salta, extendido en el colchón, para liberar el pánico. Llega la calma. Ha caído cerca. Pero no encima.

Pero desde aquella noche, la amistad se nos ha quedado clavada.

Con suerte, las historias que comienzan allí pueden continuar aquí. Una tarde cualquiera de sudor y mes de julio recibes una llamada extemporánea y te enteras de que Fayez está en tu ciudad. Y acabo de conseguir invitarle a tomarse los whiskys que le debía desde nuestras travesías nocturnas, la de Larnaca a Gaza y la de nuestra noche bajo los misiles. En el mejor restaurante palestino de Barcelona, el Askandiya. Un año y medio después de nuestra despedida. Fayez es una de tantas personas a las que no sabes si vas a ver vivas de nuevo. Pero a partir de la segunda copa, todo se relativiza. 

Sé que en apenas 10 horas envejecí siglos. Y hoy, al reencontrarme con él, han sido suficientes apenas cuatro whiskys, diez abrazos, un par de lagrimones y mucha conversación para rejuvenecer lo que perdí aquella noche o durante el paseo que dimos juntos al levantarnos, de la entrada de urgencias del Hospital Kemal Adwan a la escuela de Al Fakhoura (42 muertos, por error, dijeron los israelíes). Yo me fui, él se quedó. 

Y, pese al bloqueo, hace seis meses nació Sonia. La octava hija de Fayez. Que algún día jugará con mi hija en un parque. Mientras aquí nos peleamos por un quítame allá esa hipoteca o ponme acá la letra del coche, en otros lugares del mundo, a pan y tomate, a la luz de las velas, las familias continúan aportando felicidad. Mientras aquí la gente piensa que no estamos preparados para ser padres porque no disfrutamos de estabilidad suficiente. En la Gaza bloqueada, un hombre de mi edad, ve nacer a su octava hija. Y sin titubear, casi exaltado, se ríe mientra me enseña las fotos que archiva en su teléfono. Con una sonrisa que ningún propietario de hipoteca tendrá jamás.

Lección de vida. 

12.1.09

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