Ali me ha enviado capuccino desde Bagdad.

14 octubre, 2010 § 5 comentarios

Hoy he recibido un paquete de café capuccino soluble “Haseeb” desde el barrio de Khadamiye, en Bagdad.

Llegó arrugado pero entero. Lo envía Ali Kareem.

En diciembre del año pasado compartí su pequeño piso de estudiantes en el barrio chiíta más representativo de entre los visitables, para bien o para mal, del nuevo Bagdad.

Como siempre, la batalla por la cama. Con una lógica incomprensible para mí pero aplastante para un iraquí, yo dormía en su cama y él en un colchón en el suelo. No hay quien los corrija a los iraquíes. La hospitalidad, lo primero.

El problema, serio y recurrente, cada vez que viajo por esas latitudes es que yo sin mis cinco cafés con leche por día no soy persona. Y a los árabes, en principio, no les gusta el café con leche. No es posible entrar en una tetería o un café de Bagdad (ni de Gaza ni de Kabul) y pedir un café con leche. Es una sobrada. Una gilipollez. No tienen y punto.

Pero yo me niego a vivir sin café con leche y voy comprando paquetes y sobres de capuccino soluble por las tiendas. Eso y una botella de leche suele ser suficiente. En la bolsa de la cámara hay sitio. Digo “voy comprando” cuando en realidad, es quien me acompaña el que lo compra, casi siempre. Esa sensación de inutilidad que a uno le entra cuando circula por Bagdad, ya se sabe, y Ali, por ejemplo, no me deja ir solo ni a por mi paquete de capuchinos solubles y mi medio litro de leche.

Me alojé nada más llegar, en el Hotel Palestina. 100 dólares al día. “Por seguridad”, te dicen. Luego alguien me lanzó el consejo. Por 50 dólares, los apartamentos Al Ándalus. Igual de céntricos, a mitad de precio. Televisión por satélite, Internet, muros y guardias armados.

A partir del tercer día, para Ali era una falta de respeto y una pesadilla logística que no durmiese en su casa, en su barrio, con su gente. Una hora de trayecto desde el centro hasta su casa se convierten en dos horas adicionales de taxi cada día para él. Lo lógico, que me quede en su casa. Yo encantado.

Lo positivo, que así es posible hacerse una idea bastante real de cómo se vive en Bagdad. Compartiendo piso con tres estudiantes, uno de pintura, otro de escultura y Alí, que hace teatro. Comiendo con ellos, paseando con ellos, consiguiéndonos unas birras, charlando con ellos hasta las tantas, visitando a sus amigos y quitándose complejos y estereotipos. Ni Internet, ni guardias armados, ni televisión. La electricidad, por generadores. El Bagdad real. Donde además, nadie tiene ninguna intención de meterse en líos por un extranjero aunque muchos piensen lo contrario.

La historia del capuchino tiene que ver con el periodismo.

Tiene que ver con eso de que uno se va y los locales siempre se quedan. Está muy manido. Pero se suma a lo de que recibes emails cada semana preguntándote cuando vuelves. Y uno les explica. “Si de mí dependiese, volvería, habría vuelto ya tres veces, pero no hay manera”. Entonces dicen “tengo dinero ahorrado y quiero ir de vacaciones a España”.

Pero ya se sabe que no puede ser. Visados y esas cosas. Es lo que tenemos los países ricos: fronteras y visados muy complicados de conseguir.

Aún así, Alí se las arregla para enviarme paquetes de capuccino soluble a Barcelona. Aunque yo no puedo acogerle en mi casa ni puedo repetir las semanas que pasé en la casa que comparte con sus amigos en el barrio de Khadamiye en Bagdad. Un lugar en el que, además de conservar su amistad, podría hacerse un periodismo a pie de calle bastante interesante.

Al final, ya se sabe, los civilizados somos nosotros, y ellos los terroristas.

Os presento a Ali y a sus amigos. En el link, lo que escribí sobre ellos, y en el video, sus caras.

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§ 5 respuestas a Ali me ha enviado capuccino desde Bagdad.

  • Sonia dice:

    Este artículo podría adaptarse a cualquiera de los que hemos trabajado y vivido en países en situaciones peores que el nuestro…
    Siempre me quedo con esa melancolía de saber que yo podré volver pero ellos no podrán visitarme. Al menos, los locales más humildes. Las clases altas, quizás un día.
    Y sí, a mí también me siguen enviando esos regalos llenos de cariño por alguien que un día les acompañó en el parto de su niña pequeña, les ayudó a cruzar un checkpoint, les llevó un médico en una noche intempestiva, etc etc.
    Qué duro es dejar allí tantas y tantas historias compartidas, eh Alberto?

  • mmunerar dice:

    Joa, genial la verdad. Me parece un detallazo lo de los capuccinos, es una pena que no pueda venir tan facilmente a España. Me llama la atención esa inquietud por el arte dentro de un país así. Y me gusta 😉

  • Fer dice:

    Comprendo tu emoción al recibir ese regalo.
    No se que piensas tú del pueblo andaluz, tal vez no hayas estado nunca aquí, en la Andalucía honda, con el pueblo, con sus gentes de calle, en pueblos de Cádiz, de Sevilla, Huelva, Graná, Málaga, Almeria, Jaen, Cordoba….quizá hayas estado algún verano en alguna playa de la costa andaluza.
    Un amigo que estubo en Bagdad me dijo, hace bastante tiempo, que los andaluces somos hospitalarios y parecidos a los bagdadíes en cuanto a la actitud ante los huespedes y amigos venidos de fuera, incluso el clima, me decía. No es de extrañar teniendo en cuenta que compartimos Al-andalus. Ocho siglos.Para mí eso es un orgullo.
    Todo lo contrario me pasa con el concepto ESPAÑA, eso me enferma, me llena de rábia. No puedo ni quiero evitarlo, lo español y España como concepto es para mí sencillamente REPUGNANTE.

  • Andoni Lubaki dice:

    Entre en este blog por rebote (ya ni me acuerdo cómo), y cada día leo más agusto los posts que escribes. Felicidades !!! Y lo de la historia que cuentas, totalmente cierto, pero pasa lo mismo en Sahara, Burkina, Congo, Uganda,etc. Me hace gracia lo de “por seguridad”. Jejejejeje!!!!

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