Recuerdos recurrentes, ganas de escribir.

14 enero, 2011 § 3 comentarios

Este es el primer capítulo de un libro escrito pero no publicado (aún).

Siempre es el frío del primer amanecer lo que nos pone en marcha. Contentos porque ha pasado una noche más, no necesitamos despertadores. El descanso nunca es lo suficientemente profundo para darle la bienvenida al ronquido.

Nadie piensa en dormir. Descansar en posición horizontal y en relativo silencio, a ratos, es más que suficiente dadas las circunstancias. Cada vez que abro los ojos me cruzo con alguien más que otea, despierto. Pasando las horas en vela, simulando el sueño, calculando la distancia entre las explosiones y la casa, escuchando el zumbido de los aviones espía o los helicópteros. Yo me levanto a fumar un par de veces en el quicio de la puerta sin atreverme a sacar el cuerpo al patio de la casa. No quiero que me vean desde el aire como una sombra en la oscuridad.

Una noche más sin que se cumpla la pesadilla que me ataca. Si cierro los ojos, tengo miedo de soñar. Veo mi cuerpo enterrado bajo los escombros. Mutilado. Por eso aguanto en vela.

Como dormimos con toda la ropa puesta, lleva apenas un minuto prepararse. El tiempo de lavarse la cara con el agua fría del cubo que encontramos en el baño. Ni cepillo de dientes ni jabón, un poco de agua para quitarse las legañas y bajarse los pelos de punta y estamos en marcha. Té, cigarro y agua. Después cigarro y cigarro. Tres, cuatro, cinco paquetes por día.

En la puerta del centro médico me encuentro con alguien que reconozco y me reconoce. Nunca sé si son médicos, enfermeros, camilleros o sólo jóvenes que han hecho un cursillo y que se han puesto un chaleco con el emblema de alguna de las ong´s sanitarias, que vuelan por todas partes. Lo que sí sé es que son jóvenes que no quieren esperar a la muerte sentados en sus casas. En todo caso, si me lo encuentro en un hospital y va vestido como el personal médico, algo útil hará.

Compartimos más tabaco.

Hace el turno de noche en el Hospital Al Awda y el de día en Beit Hanoun. Me refresca la memoria. He pasado la primera noche con él en Yabalia. En la puerta del hospital, esperando, exactamente en la misma situación en la que nos reencontramos esta mañana. Me da vergüenza no recordar su nombre. Le pregunto cuándo duerme. No duerme. Es obvio.

Sobr le habla al oído a Ewa una vez más. Dile a Alberto que esté preparado para grabar. Traen a alguien. No es mi intención grabar por grabar cómo entra más gente herida en el hospital. Tampoco voy a ponerme a explicarle a Sobr que me interesan las historias de los vivos, no la reiteración de imágenes sangrientas que nos bombardea la retina. Grabada una, grabadas todas. Eso ya lo hacen las agencias. Trato de que no se note mi gesto de desgana.

Ni siquiera son las ocho de la mañana, es martes -por casualidad lo recuerdo- y ya estoy cansado. Llevamos dos horas caminando por un campo de refugiados y ya hemos conocido a una familia que lo ha perdido todo. Suficiente, cuando el sol no ha terminado aún de salir. Ya grabé el hospital Al Aqsa en Deir El Balad. Ya tengo imágenes de hospital. No necesito más. No es agradable. No quiero sentirme así. No quiero esforzarme por acumular sangre.

Pese a todo, obedezco. Me voy con mi nuevo amigo y esperamos en la puerta. Apenas han pasado dos minutos. Revuelo. Ruido. Movimiento reflejo. Alguien coge una camilla y echa a correr, con ella en el hombro derecho, hacia la puerta que da entrada al hospital desde la calle, a través del patio.

Instintivamente le sigo, grabando, aún no sé el qué. Me había prometido a mí mismo no repetir las imágenes que las agencias enviaban al mundo y a la primera ocasión, me estoy comportando como lo haría cualquier cámara de agencia. La curiosidad siempre puede más que la coherencia.

Mi amigo sin nombre corre con nosotros y un carro tirado por una mula derrapa en la entrada, a toda velocidad. Confusión. El carro se detiene. Lo conduce un hombre. Varias mujeres se bajan, gritando. Arrancan tres cuerpos de la parte posterior del carro, siempre tapados con mantas. Parecen muñecos. Son pequeños.Se los dan a los paramédicos, que tiran la camilla al suelo y echan a correr con los niños en brazos hacia la entrada de urgencias. Les sigo. Son tres en total. Nunca olvidaré la imagen. El pelo bailando, al ritmo de la carrera, mojado, embarrado. Los brazos que cuelgan. Gritos desesperados de quien parece su madre. Los depositan en tres camillas. Me empujan dentro y cierran la puerta para que no se agolpen los mirones. Yo también soy un mirón. Pero quieren que lo grabe. Soy el extranjero, el mirón útil.

Lama, de cuatro años, ya está muerta. Tratan de reanimarla pero es imposible. Los ojos, abiertos en todo su tamaño, negros y perdidos. Sangre recién seca en la cara y el cuerpo. La limpian con un paño húmedo y la envuelven en una sábana. Sus familiares besan el cadáver, impotentes. Inmediatamente rompo a llorar. Su madre grita frente a mi. No me siento autorizado a invadir ese espacio, me retiro a una esquina, me siento en el suelo, miro, lloro. Estoy conmocionado. La escena es dantesca. Varios médicos tratan de reanimar a Ismail, de diez años. El niño trata de gritar. Estertor tras estertor. Le está doliendo mucho.

Mi amigo sin nombre me levanta y me dice que grabe. Que lo grabe. Que no llore. Lo hago, enfoco, busco el plano y dejo de mirar. Sé que la cámara lo está grabando y no tengo porque deleitarme. No puedo. Me concentro en el techo mientras trato de mantener el pulso firme. Oigo un grito de niño constante. Dura una eternidad. Quiere gritar una y otra vez pero llega sólo a estertor. Como si tuviese la garganta llena de líquido. Le duele. Le han inyectado algo que le ha forzado a abrir los ojos y comienza a girar la cabeza a uno y otro lado. Le han reanimado artificialmente y le han dejado sin ropa. Tiene una herida en el abdomen. Todos los orificios del cuerpo están llenos de sangre. Ismael ha reventado por dentro.

Mi amigo sin nombre me agarra una vez más del brazo y me lleva a otra sala. Haya, de doce años, está desnuda en una camilla. Dos médicos, una enfermera y yo. Tratan de reanimarla. También tiene los ojos abiertos. Me doy cuenta de que no debo grabar su desnudez y enfoco su cara. La están entubando. Sale sangre. A presión. La niña no reacciona. Los médicos discuten. Uno dice que ha muerto. Otro le da golpes en el pecho, golpes impotentes. Con rabia. Le piden que pare. Insisten en que está muerta. No quiere aceptarlo. Rápidamente la desentuban, vomitando más sangre, que inmediatamente limpian. Apenas medio minuto y con la misma sábana sucia de la camilla en la que han tratado de reanimarla, la envuelven mientras escriben sus datos con un rotulador.

Un médico me cuenta, en inglés, que los hermanas jugaban en la puerta de su casa después de tirar la basura cuando fueron atacados. Sigo a través de los pasillos del hospital la comitiva de dos hombres que lleva los cadáveres envueltos en sábanas al depósito. Todo el mundo se hace a un lado, formando un pasillo que mira en silencio. Introducen a las dos niñas juntas en un frigorífico y antes de cerrar la puerta, su tío las besa una y otra vez mientras un grupo de hombres se agolpa en la puerta y fotografía la escena con sus teléfonos móviles.

Él se queda sólo, derrumbado, contra la pared, llorando. Le dejamos en paz y nos vamos, cerrando la puerta.

Tabaco. Fumar y fumar.

Me separo. Se llevan en ambulancia a Ismail. Quizás en el hospital Kamal Adwan puedan hacer algo por salvarle. Mi amigo sin nombre dice que no tiene posibilidades de sobrevivir. Nos confirmarían su muerte la mañana siguiente. Apoyado en el primer coche que he encontrado les digo a todos que me dejen un rato en paz. Tengo que llorar hasta que me canse. No me dan demasiado tiempo. El coche resulta ser de la familia.

La familia Hamdan ha perdido a sus tres hijos y con total entereza, al advertir que no entiendo árabe y soy extranjero, insisten en contarme lo sucedido. La madre se lamenta y se culpa a sí misma. Había pedido a las niñas y a su hermano que sacasen la basura del día cuando fue derribada por la onda expansiva de un misil. Al levantarse, tras un cráter de 10 metros de diámetro por tres de profundidad encontró los cuerpos de los niños y los restos de sus bicicletas. Me centro y, obviamente, si acabo de grabar la muerte de un grupo de niños que jugaba frente a su casa, necesito reconstruir los hechos y demostrar así que el ataque ha sido indiscriminado y desproporcionado, injusto y cruel. Criminal. No puedo pensar otra cosa. Eran niños. Nos ponemos en camino. Buscando el cráter. Hay que seguir grabando. Debe hacer frío pero ya estoy sudando mucho otra vez. Ni siquiera son las nueve de la mañana. Estoy agotado. Esto no ha hecho más que empezar.

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§ 3 respuestas a Recuerdos recurrentes, ganas de escribir.

  • Ziberán dice:

    Hola Alberto, conozco tu trabajo y sé que eres uno de esos periodistas que no se han endiosado, y que aún escribes con corazón.

    Entro para pedirte algo. Te hemos incluido en una lista de personas íntegras, para un proyecto que parte con mucha ilusión pero con el escepticismo propio de los que sabemos cómo está el mundo.

    Probablemente no logremos nuestro cometido, pero seguro que sí logramos algo: que os conozcan, y que os lean aquellos que os descubren.

    Pero necesitamos que le pongáis humanidad a vuestro nombre. Necesitamos que publiquéis vuestra adhesión a la iniciativa, y un comentario de aliento en la propia página -hay que animar a la gente-.

    No pierdes nada, y en el peor de los casos ganarás prestigio entre los que de verdad importan.

    http://iniciativadebate.wordpress.com/

    Te esperamos. Un abrazo.

  • SIONISTA dice:

    Esto está muy bien , pero veo cierto tono de sectarismo y victimismo por tu parte ,los buenos (Hamás,Yihab etc… )y los malos (Israelíes , Mossad …),A mi me fastidia en demasía que hace poco se haya inmolado un niño de 12 años en Pakistán y no se comente nada (no has comentado nada) con las premisas y castigos de parte de el sometimiento de el ISLAM , luego están las revoluciones supuestamente “Democráticas ” en la mayor parte de Oriente (hay que ser muy estólido para creérselo) en una de las cuales, la gran fiesta de la plaza de Tahrir, 40 musulmanes “democraticos” han violado y maltratado a una periodista norteamericana, pero no se ha dicho nada , por no decir de los 50 cristianos masacrados en una iglesia en Irak, los casos son innumerables ,en breve se leerá por tu blog (comprometido con gente que sufre ,lo que reflejas con tu trabajo es admirable )las grandes hazañas por los intentos de democratización de Oriente , pero hasta ahora mal que te pese, la única democracia que existe en Oriente Medio es Israel, me pondrás a parir ,estás en todo tu derecho , pero creo que tanta complacencia con el Islam (No todo el mundo árabe es Islam pero lo complementa bastante) saldrá bastante caro y ya se está vislumbrando.

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