Teheran on the rocks – PIELdeFOTO.

25 febrero, 2011 § 1 comentario

Este es el texto con el que se inaugura A CONTRAPIEL en PIELdeFOTO. La revista se distribuye en Barcelona. Para mis amigos de fuera de Barcelona y los reticentes a leer en ISUU, lo cuelgo aquí. Pero insisto, si vives en Barcelona, consíguela en papel. Estos textos sólo pueden existir gracias a iniciativas como PIELdeFOTO. Merece la pena colaborar. Desde cinco euros en Verkami.  

(i)

“No hemos venido al mundo para disfrutar”. Vaya. Ha sido encender la televisión del hotel y recibir una frase tan lapidaria como acongojante, tenebrosa y aguafiestas. La conductora del programa de la televisión iraní que la ha pronunciado no llega a la treintena. Me mira desde la pantalla del televisor. Acento británico perfecto. Voz, cristalina. Sonríe al tiempo que habla, con una suavidad extrema, sobre las lecciones políticas extraíbles del debate político entre el Profeta Mahoma y su hija Fátima. Lo traduce al lenguaje de los mortales con una de esas escalofriantes sonrisas convencidas de encontrarse en posesión de la verdad. No es para menos. Ha pronunciado las palabras “ley” e “infalibilidad” en la misma frase.

Por si fuera poco, lo acompaña con un gesto artificialmente suave. Controlado. Dirigido por un dedo índice que baila como un diapasón, listo para levantarse rítmicamente al cielo cada vez que surge la palabra “Dios”.

“Occidente fracasa en su intento de expandir la islamofobia”. Más frases lapidarias. El carrusel de noticias que circula por la parte inferior de la pantalla ayuda a crearse una composición de lugar sobre la visión que el gobierno de Ahmadineyad tiene de la escena internacional. Ya sea contra el aislamiento, “Altos cargos iraníes negocian en Kazajstan una mejora de las relaciones bilaterales”, o en defensa de su visión de Oriente Medio, “Hamas advierte a los sionistas de la Autoridad Palestina para que no acepten la iniciativa de negociación israelí”. Respecto al culebrón de la carrera nuclear afirma que “Irán nunca jugó la carta rusa”. Sahar Universal Broadcasting  no deja dudas respecto a su línea editorial.  

El panorama sólo permite dos opciones. La del interés periodístico por la actualidad, que pasa por prepararse un café para dedicar la tarde a conocer, con seriedad y respeto, los argumentos que defienden que el mundo no es un lugar para disfrutarlo a partir de un diálogo mantenido hace 13 siglos. O la de la curiosidad vital; a pagar inmediatamente el aparato y salir a las calles de Teherán.

(II)

Consulto por teléfono a una amiga, N, que espera mi llamada. Le cuento lo que veo y se ríe del dilema. “Mentalízate. En Irán todo está prohibido pero al mismo tiempo podemos hacer lo que queramos. Esa chica, probablemente también beba alcohol y escuche música cuando sale de la televisión y se reúne con sus amigos. No te la tomes demasiado en serio. Paso a buscarte”. Nos encontraremos en la recepción en media hora.

Se mueve con soltura por el vestíbulo del hotel. Me saluda, pero antes de sentarse y aceptar la invitación a café, decide presentarse -ostensible e inmediatamente- ante las dos traductoras que el Festival de cine que me invita a Teherán ha puesto a mi disposición. “Alberto es mi amigo y me responsabilizo de él, no os preocupéis. Voy a enseñarle la ciudad”.

Ha conducido su propio coche desde el norte de Teherán, donde vive, hasta la entrada del hotel más lujoso de la capital. Cumple, rayana en el pecado, con el código de vestimenta impuesto por los Ayatollahs. Anchos el pantalón y la camisa. Intercambiables en lo colorido por el atuendo de cualquier barcelonesa. Tocada con un pañuelo que se cae sobre los hombros más de lo que se sostiene sobre el pelo, que nunca alcanza a tapar. Puro protocolo. Es admirable la destreza con la que las jóvenes iraníes lo manejan, en un gesto sumamente atractivo, para que nunca repose sobre los hombros más tiempo del que alguien podría tardar en acercarse a reprochárselo. La resistencia convertida en elegancia.

No es fácil que una iraní acepte enseñarle la ciudad a un extranjero. O responsabilizarse de él frente a la institución oficial que le ha invitado al país. Otra traductora, con la que contacté a través de un periodista español que trabajó con ella durante las elecciones de 2009, respondió de manera más evasiva a mi petición de guía: “Cada periodista extranjero necesita pedir permiso para trabajar y hacer reportajes al Ministerio de Asuntos Culturales. Además debes presentarte a través de una empresa “privada” pero vinculada al Ministerio. Hablan inglés, así que podrás contactar con ellos directamente. Por muchas razones prefiero no tener ninguna relación con esta gente, que no me gusta nada. Perdona que no pueda hacer más por ti. Hazme un favor, no guardes ningún email mío en tu bandeja de entrada, por favor. Te lo digo por mayor seguridad para los dos. Espero que me entiendas”.

Que N o S o F acepten moverse conmigo con toda naturalidad no es, por tanto, tan obvio.   

Llego con N hasta el lugar en el que trabaja su amiga F, un pequeño estudio de animación en pleno centro de Teherán. Tras las presentaciones, entramos directamente en el despacho de su novio, el director. Se abre la nevera y aparecen arak (un licor que acostumbra a diluirse en agua) y cerveza. Mezclados con hielo no tienen nada que envidiar a muchos de nuestros cócteles. Alcohol, tabaco, chocolatinas y, como música de fondo, un concierto de U2 en una gran pantalla de plasma. Se ha acabado la jornada laboral y comienza el relax. “Aquí es donde nos reunimos y pasamos las tardes. Todo esto entra vía Kurdistán, desde Irak. Ya te lo dije. Con nosotros puedes acceder a todo lo que está prohibido en la calle”. Pero no se trata de drogas ni de material robado. Ningún aire de marginalidad. Al contrario. Sofisticación en el atuendo, cortes de pelo a la última moda, parejas de novios que se divierten bebiendo y bailando juntos en una oficina del centro de Teherán. ¿Qué quieres?. ¿Programas para el Mac? Mañana te los llevamos al hotel. La fiesta concluye jugando una partida en línea al Call of Duty 4. Me aniquilan.

F lleva un lazo verde en pelo, pulsera verde, camiseta verde. Todo es verde revolucionario debajo del gran pañuelo negro con el que se cubre cuando sale a la calle. Ella y todos sus amigos serían público objetivo de cualquier local barcelonés moderno. Inglés fluido. Su actitud no es dramática o impostada. La política, puro trámite ante el extranjero. Hay que hablar un rato de la situación, con desgana. “Cuando nos dimos cuenta de que estaban dispuestos a matar, regresamos a casa. No tenemos hambre ni frío. Tenemos trabajo. Sólo pedíamos libertad pero no estamos dispuestos a morir por ella. Esa es la realidad. Nuestra revolución era en defensa de la vida, de la alegría y de la libertad. No queremos más política que esa. Que nos dejen vivir en público como vivimos en privado”.

La censura es otro de sus problemas. La censura que trata de impedirles recibir información, fácilmente burlable. Y la que les impide producir, mucho más dañina.

A estas alturas del partido, y gracias a Internet o al manejo de los proxys (direcciones que ubican el ordenador en otro país) sirve de poco que la televisión no emita las series que se quieren ver, los cines no  proyecten películas poco sensibles con el rigor islámico o no pueda comprarse abiertamente en las tiendas la caja con la filmografía completa de Abbas Kiarostami. Para eso están la trastienda y la informática. Donde todo fluye con normalidad.

Pero la censura respecto a su participación en la producción nacional tiene otras consecuencias. Pequeñas empresas productoras como la que me acoge esta noche caminan directas a la quiebra si persisten en crear con libertad. F me muestra su último trabajo, un corto de animación de apenas cinco minutos. Bien dibujado, bien musicalizado, ágil y simpático. Pero con una altísima carga de denuncia. Dos ancianos se aburren. Dos ancianos cantan rap. Se les prohíbe cantar. Emigran a Europa. Lavan platos. Censurado. ¿Por qué son ancianos? Pregunto. “Porque en Irán los jóvenes no existimos”. Resultaba obvio. “La televisión que nos lo encargó no ha sido autorizada a emitirlo” ¿Porqué no lo enviáis al extranjero? “Si lo enviamos a Europa y tiene éxito, nos castigarán. Si lo guardamos en un cajón y no podemos rentabilizarlo, hemos perdido tres meses de trabajo. Nos vamos directos a la quiebra”.

Nunca tomé nota de los nombres.

Digamos que es guionista de televisión y tiene 27 años. “Mi serie favorita es “True Blood” aunque la segunda temporada ha perdido calidad. Si sabes buscar el proxy y dejas el ordenador descargando por la noche, puedes acceder a todo lo que quieras. Aquí no funciona el Copyright. Tengo más de 1000 películas y series almacenadas en discos duros. Casi todas prohibidas. ¿Youtube, Facebook? Eso es cosa de niños”. ¿Participaste en el movimiento verde? “Estuve detenido 8 días”. Su hermano interrumpe la conversación. “No hables de política”. No insistiré.

“Ahora tengo que escribir un guión sobre un ataque contra Irán. Me piden que lo organice la CIA y el Mossad. Por ahora he conseguido convencerles de que sean mercenarios contratados por el Club Bilderberg. Me parece más realista. Pero sobre todo, intento llevar la contraria como actitud vital. Son muy aburridos y nos divierte ponerles nerviosos todo el tiempo. No pueden despedirnos a todos. Vamos a cenar a mi casa”.

El supermercado está abierto pasada la medianoche. ¿Es normal? “Sí. Por corrupción. Le pagan a la policía y todo solucionado. Si la policía nos parase de camino a casa, tú te callas, les pagamos algo y nos dejan en paz sin mirar el maletero”.

¿Sabéis donde vive Musavi? ¿Es cierto que está en su casa, bajo arresto y rodeado de policías? ¿Podríamos pasar por delante? Sólo quiero verlo. “¿Estás loco? Ni hablar.”

Norte de Teherán. Clase media alta. Cena copiosa. Más alcohol. El hermano de mi nuevo amigo guionista ha venido a pasar unas semanas en casa. Estudia en Londres. Quiere convencer a su hermano para que le acompañe a Europa. En esta familia no hay problemas económicos. Esa no es la cuestión. Desde el primer momento ha insistido en que no se hable de política. Nada digno de reseñar en una conversación que gira durante horas en torno al conocimiento enciclopédico de los asistentes de la cultura audiovisual occidental. Tanta erudición no puede más que responder a la necesidad de transmitirle una idea al extranjero. “Quítate la venda que te tapa los ojos. No somos orientales. No somos musulmanes, al menos como tú lo entiendes. No somos diferentes. Somos como tú. Este gobierno nos avergüenza profundamente”. Eso ya lo sabía. Gracias por la cena, las cervezas y la compañía. Regreso borracho al hotel. No enciendo la televisión porque no quiero que nadie me repita que no hemos venido al mundo para disfrutar. Reflexiono sobre una libertad que se mide en el número de series de televisión norteamericanas que pueden llegar a albergarse en un disco duro. 

(iii)

En los kioskos pueden encontrarse varios periódicos en inglés. Nada que reseñar. Notas de agencia. Traducciones de noticias europeas y enfoques propios sobre las negociaciones internacionales en torno a la carrera nuclear. Los textos de opinión, de clérigos. Todo muy previsible. La mejor opción, comenzar por un café en el teatro de la ciudad, que comparte recinto con una galería de arte moderno. Dos exposiciones coinciden en el tiempo. Fotografía conceptual sobre la mujer. Blanco y negro, evocadora y sutil, destilando ansias de romper con sus cuerpos. Imágenes de mujeres anónimas difuminadas por la niebla del desenfoque. Pura realidad iraní. En la sala contigua, una serie de collages pop. Denuncia contra los bombardeos israelíes sobre Gaza. El espacio teatral, lleno de gente joven, en el que se habla de todo con todos, agota localidades cada tarde. Se representa esta semana la versión persa de Macondo. La belleza de las mujeres, apisonadora. La elegancia de los jóvenes, absolutamente estudiada. Sofisticación. El director del teatro y los responsables de la obra charlan con el público a la entrada y salida de cada representación.

Tras los saludos, entramos en detalle. Aquí nadie se oculta. Todos se conocen entre sí. Los funcionarios de la cultura oficial comparten mesa sin mayores problemas con los artistas censurados. Queda clara, por tanto, la naturaleza del problema, que aumenta políticamente si avanzar en tanto fractura social. Mi amiga S aún no ha podido estrenar su primera película en Irán. La conocí en un festival de cine en Europa un año atrás. ¿Sabes lo que no les gusta de tu película? “No”. Nadie me lo ha comunicado. ¿Puedes hacer algo al respecto? “No. Podría emigrar a los Estados Unidos junto a mi marido y mi hijo pequeño”. ¿Por qué no lo hacéis? “No quiero que mi hijo deje de ser iraní. Hemos decidido que no nos iremos hasta que no aprenda persa correctamente, hasta que no conozca la historia, la cultura, el teatro, la poesía o las tradiciones de Irán. Luego nos iremos. Por ahora hemos encontrado una escuela, gestionada por las Naciones Unidas en la que no se le adoctrina. Podemos esperar”.

Su marido se suma a la conversación. Con noticias. Acaban de retirarle el permiso de filmación en la calle a la película en la que trabajaba desde hace semanas. Es maquillador. Ha ganado todos los premios que se pueden ganar en el cine iraní. Acaba de quedarse sin trabajo. Como el resto del equipo. ¿Qué vais a hacer? Mañana el director se reúne con los responsables del cine en el Ministerio de Cultura. Le gritarán. Le humillarán. Le insultarán. Le dirán que piensa más en el extranjero que en Irán, que sirve a la propaganda contra el país. Le asustarán de todas las maneras posibles. Le pedirán que modifique el guión. Si acepta, si les da la razón, si agacha la cabeza, quizás nos dejen continuar. Pero con el miedo metido en el cuerpo. Sabiendo que no nos permitirán estrenarla nunca. Que será la última. Que nuestros nombres ya están inscritos en las listas de quienes no deben trabajar. Es opresivo. Es agotador. Es deprimente.

El relato de la censura les asfixia. Tratan de obviarla y buscar elementos positivos para mostrarle al extranjero. No quieren transmitir una imagen tan negra de su país. Vayamos a ver alfombras. Cambiemos de tema.

Si en Kabul es imposible caminar sin que decenas de mujeres “emburkadas” y niños harapientos le ofrezcan calcetines al extranjero o en Bagdad no hay checkpoint que se precie sin que sus vendedores de donuts asalten a los conductores, el producto estrella de la venta callejera en Teherán es el maletín de oficina. Todos iguales, directos desde proveedor chino, de 10 en 10, sobre una sábana, tendidos en la acera, sirviendo de obstáculo para la cantidad increíble de viandantes que tapona, por ejemplo, la avenida Enghelab. Que otro día fuera escenario de una revolución verde y hoy revive en su caos circulatorio.

Los vendedores de maletines compiten con niños afganos que ofrecen celofán o chocolate. “Cómprame esto e irás a la Meca”. “No quiero ir a La Meca”, responde N. “Pues irás a Estados Unidos”. N acepta el trato. “Te lo compro”. Tampoco quiere viajar a América pero la inteligencia del niño le ha ganado la partida.

Nos dirigimos al zoco de Teherán. El más grande. El central. Antes nos detendremos porque necesitan realizar compras diarias. Entran en una farmacia. Me siento en un banco en la calle. Comienzo a sacar fotografías. Imágenes del tráfico. Sin moverme del lugar en el que me he sentado. Abiertamente, sin atisbo de clandestinidad. Me resultan llamativas las motocicletas. Disparo una secuencia de muchas motos, de ninguna moto, pienso en una serie. Hombre solos, hombres de a dos, hombres con su familia. Hasta cuatro personas por moto. Ni cinco minutos tardan en pararme. El policía, de paisano, no habla inglés. Me pide la cámara. No sabe usarla. Quiere ver las fotos. Las ve. No hay nada que ver. Me pide que las borre todas. Me pide la documentación. Se la enseño. Mis amigas se ponen a discutir con él. A gritos. Vámonos de aquí. Acabo de descartar la posibilidad de salir solo a la calle con una cámara en la mano. Ni me imagino las molestias si tratase de hablar con alguien.

El Zoco. Apenas sí se puede caminar. Ropa interior, menaje de cocina, dulces, toallas, orfebrería, aparatos de radio. Sobre todo, mucha gente. En medio del atasco humano. Ruido. Parece música. Parece música rock. ¿Pero no estaba prohibida? Un joven camina con una carrito entre la multitud. Un reproductor de mp3 conectado a un altavoz. Vende decenas, cientos, de cd´s y dvd´s. La policía patrulla, uniformada, entre el público que satura las calles del zoco. ¿No le dicen nada? No. Saco una fotografía y volvemos a perdernos en la marea de compradores que nos arrastra. Hasta un punto determinado. Hasta un claro que se abre en medio del bosque de abayas (túnica negra hasta los tobillos que llevan las mujeres iraníes) . La plaza de las alfombras. Vacía. Vacía. Vacía. No hay turistas. Nos encontramos con auténticas obras de arte. Las famosas alfombras persas. Muy lejos del poder adquisitivo medio de cualquier ciudadano medio. Sin turistas, no hay negocio. ¿Vienen turistas? pregunto. No. ¿Por qué? Ya sabes el porqué. Conclusión, N que sí va a comprar una alfombra ya que debe un regalo de boda, la verbaliza: “El arte iraní se encuentra por los suelos. Y cuanto más se pisa, más calidad adquiere”.

(iv)

Vacío monumental en las salas del Festival de cine y resistencia “Moqavemat”. Si la pregunta cae del lado de alguno de mis conocidos la respuesta es obvia. “Los jóvenes no participamos de actividades promovidas por el gobierno. Estamos hartos de guerra y resistencia. Además, estamos un poco hartos de los palestinos. Nosotros somos los palestinos de Irán”. Si se inquiere a los organizadores, la logística vence como factor explicativo. “Hemos programado demasiadas sesiones en diferentes puntos de la ciudad y el público se dispersa” .

Durante una de las proyecciones del festival, soy testigo de una escena interesante.  Dos jóvenes taquilleros, voluntarios de la organización del Festival, comparten cigarrillo y té con el extranjero. Pasa el rato. La espera deviene tediosa. Una joven camina por la acera y soy testigo de esa costumbre machista tan ibérica como universal. Los ojos que radiografían y desnudan, el verbo ágil, que comienza a improvisar frases pretendidamente ocurrentes y el gesto. Dedos pulgar e índice de una mano formando un círculo. Prestos a ser perforados en repetidas ocasiones por el índice, ágil, de la otra mano. No es necesario conocer el persa con precisión para descifrarlo. Sorpresa. ¿Agacha ella la cabeza? ¿Acelera el ritmo, avergonzada? Nada más lejos de la realidad.

Se da la vuelta, encarándose a los dos jóvenes que la han insultado. Comienza a exigir disculpas a gritos. Firme. Sin atisbo de temblor en su voz. Un par de chicas que pasaban por allí se paran junto a ella, dándole la razón y recriminándole a los hombres su actitud. Ellos se defienden como pueden y se niegan a pedir perdón. Comienzan a esgrimirse teléfonos móviles. Graban la escena con ellos. Amenazan con llamar a la policía. Llegan las disculpas. Mi sorpresa es mayúscula. “No. La policía, no”.

Taxi. Al centro de conferencias. “¿Eres periodista?” Sí. Apunta. “El presidente nos ridiculiza ante el mundo. Además, cada vez que habla, la gasolina sube 100 rials. Hace un año costaba 100 rials el litro. Ahora cuesta 400. Cuando vuelva a viajar y provocar al resto de países, costará 700 rials y yo me arruinaré. Tendré que dejar el taxi. Mientras Irán ayuda a Líbano y a Palestina, el resto del mundo nos ve como terroristas. Los únicos extranjeros que pueden verse en Teherán ahora son los chinos. Los turistas occidentales han desaparecido de la ciudad. Nos estamos aislando del mundo por culpa de este Presidente, de este dictador. Sí, apunta, apunta, dictador.” Buena suerte. 

 (v)

La cena, a una hora en coche de Teherán. En las montañas. Casa de vacaciones. El lujo es sobrio, elegante, diseñado, sofisticado. Podríamos estar en la ladera del Tibidado Barcelonés. Sólo cambia el idioma. Suena Belle and Sebastian. El bar, perfectamente provisto de cualquier licor al uso. La comida, variada y de encargo. Nadie ha cocinado para surtir la mesa. Varias parejas que superan la treintena por poco. Ni casados ni con hijos. Profesionales del cine, el diseño, el márketing con estudios en el extranjero. 

Una de las asistentes, una actriz conocida y de éxito, abrió un café-restaurante, punto de encuentro cultural. Apoyó en público a Musavi durante la campaña electoral. le quemaron el local. ¿Has hecho algo para denunciarlo? “No”. ¿Por qué? “Porque no podemos. El perfil que toca ahora es el del silencio y la espera. No conseguiríamos nada.”

Ella, la más joven, la única de las personas que se decide a articular un discurso, trabaja en la filial iraní de una gran compañía multinacional. No se necesita más información para presentarla, convertida en portavoz del grupo de amigos. “Te detienen durante un día y son ellos los que se sienten humillados por nuestra actitud de no asustarnos. ¿Queréis que os tenga miedo? No lo vais a conseguir. ¿Queréis que llore? No lo vais a conseguir. De mi boca no saldrá ni un solo insulto hacia ellos”. No va a irse del país como han hecho ya tantos de sus amigos. Podría hacerlo sin mayor problema. Viaja a Europa de vacaciones cuando quiere. Su resistencia pasa por quedarse. “No voy a dejarles que me digan como tengo que vivir. Tampoco tengo ninguna intención de conseguir una pistola y luchar contra ellos. Aunque el precio a pagar sea que nunca más veamos una revolución en este país. Aceptémoslo. No somos suficientes. No podemos derribar al régimen. Tenemos que vivir con ellos y entenderles si queremos que ellos nos entiendan. Yo no quiero convertirme en fascista. En este país ya hay demasiados”.

¿La carrera nuclear os preocupa? “Por supuesto. Sabemos que Israel o Estados Unidos Unidos pueden atacarnos en cualquier momento”. Me refería a la vuestra. “Quedan años para que Irán tenga armas nucleares. Es lo único en lo que estamos de acuerdo con el régimen. ¿Por qué Israel puede tener armas nucleares y nosotros no? ¿Estáis al tanto del caso de Shakineh Astiani? “Lo conocemos. Pero no entendemos el escándalo que se ha desatado. Murieron decenas de personas durante las protestas. Torturaron a miles, hay cientos de desaparecidos y una generación entera, la nacida a partir de la revolución islámica, que abandona el país a la primera oportunidad. En Irán hay pena de muerte como en tantos otros países. Como en Estados Unidos. Allí ejecutan a deficientes mentales y a inocentes. Este régimen es bárbaro. Pero no por ese caso, sino en su conjunto”.

El resto de asistentes calla y mira. El consenso es absoluto. La interrumpen para ayudarle  traducir algún concepto del persa al inglés mientras habla. De nuevo, la sensación es de puro trámite. La realidad no puede negarse. Pero es tan cierta como el desinterés político en el que transcurre su vida diaria, que continua, protegida en los reductos de privacidad de sus hogares y sus cuentas corrientes. No necesitan irse. Por eso no quieren irse. No necesitan morir. Por eso no quieren morir. No son revolucionarios ni lo han sido nunca. Lo que sucede más allá de las paredes que les acogen les afecta hasta el punto de proporcionarles un tema de conversación recurrente durante las bien nutridas sobremesas de sus encuentros sociales. 

En sus charlas, habituales, con extranjeros. La frustración es evidente. Regada con buen whisky y ambientada con los últimos éxitos del pop internacional, prohibidos pero accesibles ambos, deviene en lágrimas de impotencia. O de exaltación alcohólica de la amistad. “Han matado, han encarcelado y han torturado. Los jóvenes más brillantes del país se van y han conseguido que no haya manifestaciones en las calles. Pero saben que no podrán vencernos nunca. Que la mayoría sigue viva y la caída del régimen es sólo una cuestión de tiempo. Somos tantos en Irán los que les odiamos que a través de nuestra resistencia pasiva y nuestra negativa a colaborar con el régimen les venceremos tarde o temprano”.

 

 

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§ Una respuesta a Teheran on the rocks – PIELdeFOTO.

  • Javier dice:

    Muy bueno el texto. Aunque sospecho que en cada país en que existe opresión, hay cantidad de gente como lo que describes. Sólo es cuestión de tener la oportunidad de conocerla, como tú hiciste.

    Por cierto que la buena película “No One Knows About Persian Cats” retrata la misma realidad que nos cuentas. El Irán joven y rebelde, tan “occidental” como el españolito medio, como mínimo. Te la recomiendo para un rato con tiempo.

    Un saludo

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