La voz de la calle. La gran broma final.

6 abril, 2011 § 39 comentarios

“Dejan los tambores de tocar. Y un gong anuncia la retirada”.

El aborto de un periódico es una noche en vela. La mejor oportunidad para escucharse de un tirón el último disco de Nacho Vegas.  Grandilocuencia, poca. Quejidos, los justos. Pero dignos.

“Se discute la capitulación mientras de fondo suenan carcajadas”

Nos quedan, por un rato, los ordenadores y una conexión a internet. Para contar las horas. Cuando se haga de día, alguien llegará que nos hable de leyes. Después, todo se diluirá. Mezcla de tiempo y anécdota. La ilusión que nos queda se apagará tan rápido como un trending topic cualquiera. Es lo que tiene la realidad. Una última noche perdida en la redacción, una asamblea que difícilmente lleve a ningún lugar y horas perdidas debatiendo. Saldremos de aquí -quizás caigan unas cuantas cañas más- y cada uno por su lado. Ni encierros que llaman a risa ni locos extemporáneos. Memorabilia, la mínima.

No apetece ni escribirlo. Desengañémonos. Eso ya pasó.

La esperanza duró tres semanas. Pensamos que sucedería algo. Que tendríamos tiempo para intentarlo. Que quedaba una última oportunidad para crear un medio. Que existía una puerta de entrada al periodismo. Que se diseñó un plan de negocio, se jugó con unos meses de margen o había una mínima reflexión detrás de la liebre levantada. Que nadie podía ser tan desalmado como para convocar a 40 personas, modificar sus vidas, pedirles que se mudasen, que dejasen trabajos y que creyesen más allá de sueldo, condiciones u horarios dejándoles tirados a las primeras de cambio.

Quisimos creerlo. Probablemente engañándonos a nosotros mismos.

Aceptamos lo que se nos ofreció. Sin rechistar. ¿La web? Ya la mejoraríamos entre todos. ¿El criterio editorial? Se construye con el tiempo. Firmas no faltan. ¿La coordinación de equipos y los procedimientos de trabajo? Día a día.

Queríamos que se nos escuchase. Porque pensábamos que merecería la pena. Pero tampoco lo exigimos. A nadie se le ocurrió preguntar ni exigir nada. O, mejor aún, se nos ocurrió pero esperábamos. Ya nos explicarían. Porque tenían nuestra confianza.

Ingenuos. Tres semanas trabajando sin contrato. Por la izquierda transformadora. Nadie protestó. Porque nos interesaba más que fuera cierto lo que nos contaban. Que existía la posibilidad de sacar adelante un medio de comunicación. De ser periodistas. No íbamos a pararnos en menudencias. Quedaban pocos gigantes por caer, si es que alguno. Y me pregunto de nuevo. ¿Cómo pudimos ser tan ingenuos?, ¿cómo hemos podido dejarnos engañar así?

Ahora, 45 problemáticas diferentes. Ni más ni menos importantes que las de otros 4 millones de personas que saldrán a la calle mañana a buscar empleo. Pero duele. Duele el engaño. Que hayan jugado con  la ilusión. Con la confianza. Con las ganas.

La próxima vez casi mejor si se lo piensan, grandes nombres de la izquierda, antes de joder una vez más a los de siempre.

Sin más.

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Teheran on the rocks – PIELdeFOTO.

25 febrero, 2011 § 1 comentario

Este es el texto con el que se inaugura A CONTRAPIEL en PIELdeFOTO. La revista se distribuye en Barcelona. Para mis amigos de fuera de Barcelona y los reticentes a leer en ISUU, lo cuelgo aquí. Pero insisto, si vives en Barcelona, consíguela en papel. Estos textos sólo pueden existir gracias a iniciativas como PIELdeFOTO. Merece la pena colaborar. Desde cinco euros en Verkami.  

(i)

“No hemos venido al mundo para disfrutar”. Vaya. Ha sido encender la televisión del hotel y recibir una frase tan lapidaria como acongojante, tenebrosa y aguafiestas. La conductora del programa de la televisión iraní que la ha pronunciado no llega a la treintena. Me mira desde la pantalla del televisor. Acento británico perfecto. Voz, cristalina. Sonríe al tiempo que habla, con una suavidad extrema, sobre las lecciones políticas extraíbles del debate político entre el Profeta Mahoma y su hija Fátima. Lo traduce al lenguaje de los mortales con una de esas escalofriantes sonrisas convencidas de encontrarse en posesión de la verdad. No es para menos. Ha pronunciado las palabras “ley” e “infalibilidad” en la misma frase.

Por si fuera poco, lo acompaña con un gesto artificialmente suave. Controlado. Dirigido por un dedo índice que baila como un diapasón, listo para levantarse rítmicamente al cielo cada vez que surge la palabra “Dios”.

“Occidente fracasa en su intento de expandir la islamofobia”. Más frases lapidarias. El carrusel de noticias que circula por la parte inferior de la pantalla ayuda a crearse una composición de lugar sobre la visión que el gobierno de Ahmadineyad tiene de la escena internacional. Ya sea contra el aislamiento, “Altos cargos iraníes negocian en Kazajstan una mejora de las relaciones bilaterales”, o en defensa de su visión de Oriente Medio, “Hamas advierte a los sionistas de la Autoridad Palestina para que no acepten la iniciativa de negociación israelí”. Respecto al culebrón de la carrera nuclear afirma que “Irán nunca jugó la carta rusa”. Sahar Universal Broadcasting  no deja dudas respecto a su línea editorial.  

El panorama sólo permite dos opciones. La del interés periodístico por la actualidad, que pasa por prepararse un café para dedicar la tarde a conocer, con seriedad y respeto, los argumentos que defienden que el mundo no es un lugar para disfrutarlo a partir de un diálogo mantenido hace 13 siglos. O la de la curiosidad vital; a pagar inmediatamente el aparato y salir a las calles de Teherán.

(II)

Consulto por teléfono a una amiga, N, que espera mi llamada. Le cuento lo que veo y se ríe del dilema. “Mentalízate. En Irán todo está prohibido pero al mismo tiempo podemos hacer lo que queramos. Esa chica, probablemente también beba alcohol y escuche música cuando sale de la televisión y se reúne con sus amigos. No te la tomes demasiado en serio. Paso a buscarte”. Nos encontraremos en la recepción en media hora.

Se mueve con soltura por el vestíbulo del hotel. Me saluda, pero antes de sentarse y aceptar la invitación a café, decide presentarse -ostensible e inmediatamente- ante las dos traductoras que el Festival de cine que me invita a Teherán ha puesto a mi disposición. “Alberto es mi amigo y me responsabilizo de él, no os preocupéis. Voy a enseñarle la ciudad”.

Ha conducido su propio coche desde el norte de Teherán, donde vive, hasta la entrada del hotel más lujoso de la capital. Cumple, rayana en el pecado, con el código de vestimenta impuesto por los Ayatollahs. Anchos el pantalón y la camisa. Intercambiables en lo colorido por el atuendo de cualquier barcelonesa. Tocada con un pañuelo que se cae sobre los hombros más de lo que se sostiene sobre el pelo, que nunca alcanza a tapar. Puro protocolo. Es admirable la destreza con la que las jóvenes iraníes lo manejan, en un gesto sumamente atractivo, para que nunca repose sobre los hombros más tiempo del que alguien podría tardar en acercarse a reprochárselo. La resistencia convertida en elegancia.

No es fácil que una iraní acepte enseñarle la ciudad a un extranjero. O responsabilizarse de él frente a la institución oficial que le ha invitado al país. Otra traductora, con la que contacté a través de un periodista español que trabajó con ella durante las elecciones de 2009, respondió de manera más evasiva a mi petición de guía: “Cada periodista extranjero necesita pedir permiso para trabajar y hacer reportajes al Ministerio de Asuntos Culturales. Además debes presentarte a través de una empresa “privada” pero vinculada al Ministerio. Hablan inglés, así que podrás contactar con ellos directamente. Por muchas razones prefiero no tener ninguna relación con esta gente, que no me gusta nada. Perdona que no pueda hacer más por ti. Hazme un favor, no guardes ningún email mío en tu bandeja de entrada, por favor. Te lo digo por mayor seguridad para los dos. Espero que me entiendas”.

Que N o S o F acepten moverse conmigo con toda naturalidad no es, por tanto, tan obvio.   

Llego con N hasta el lugar en el que trabaja su amiga F, un pequeño estudio de animación en pleno centro de Teherán. Tras las presentaciones, entramos directamente en el despacho de su novio, el director. Se abre la nevera y aparecen arak (un licor que acostumbra a diluirse en agua) y cerveza. Mezclados con hielo no tienen nada que envidiar a muchos de nuestros cócteles. Alcohol, tabaco, chocolatinas y, como música de fondo, un concierto de U2 en una gran pantalla de plasma. Se ha acabado la jornada laboral y comienza el relax. “Aquí es donde nos reunimos y pasamos las tardes. Todo esto entra vía Kurdistán, desde Irak. Ya te lo dije. Con nosotros puedes acceder a todo lo que está prohibido en la calle”. Pero no se trata de drogas ni de material robado. Ningún aire de marginalidad. Al contrario. Sofisticación en el atuendo, cortes de pelo a la última moda, parejas de novios que se divierten bebiendo y bailando juntos en una oficina del centro de Teherán. ¿Qué quieres?. ¿Programas para el Mac? Mañana te los llevamos al hotel. La fiesta concluye jugando una partida en línea al Call of Duty 4. Me aniquilan.

F lleva un lazo verde en pelo, pulsera verde, camiseta verde. Todo es verde revolucionario debajo del gran pañuelo negro con el que se cubre cuando sale a la calle. Ella y todos sus amigos serían público objetivo de cualquier local barcelonés moderno. Inglés fluido. Su actitud no es dramática o impostada. La política, puro trámite ante el extranjero. Hay que hablar un rato de la situación, con desgana. “Cuando nos dimos cuenta de que estaban dispuestos a matar, regresamos a casa. No tenemos hambre ni frío. Tenemos trabajo. Sólo pedíamos libertad pero no estamos dispuestos a morir por ella. Esa es la realidad. Nuestra revolución era en defensa de la vida, de la alegría y de la libertad. No queremos más política que esa. Que nos dejen vivir en público como vivimos en privado”.

La censura es otro de sus problemas. La censura que trata de impedirles recibir información, fácilmente burlable. Y la que les impide producir, mucho más dañina.

A estas alturas del partido, y gracias a Internet o al manejo de los proxys (direcciones que ubican el ordenador en otro país) sirve de poco que la televisión no emita las series que se quieren ver, los cines no  proyecten películas poco sensibles con el rigor islámico o no pueda comprarse abiertamente en las tiendas la caja con la filmografía completa de Abbas Kiarostami. Para eso están la trastienda y la informática. Donde todo fluye con normalidad.

Pero la censura respecto a su participación en la producción nacional tiene otras consecuencias. Pequeñas empresas productoras como la que me acoge esta noche caminan directas a la quiebra si persisten en crear con libertad. F me muestra su último trabajo, un corto de animación de apenas cinco minutos. Bien dibujado, bien musicalizado, ágil y simpático. Pero con una altísima carga de denuncia. Dos ancianos se aburren. Dos ancianos cantan rap. Se les prohíbe cantar. Emigran a Europa. Lavan platos. Censurado. ¿Por qué son ancianos? Pregunto. “Porque en Irán los jóvenes no existimos”. Resultaba obvio. “La televisión que nos lo encargó no ha sido autorizada a emitirlo” ¿Porqué no lo enviáis al extranjero? “Si lo enviamos a Europa y tiene éxito, nos castigarán. Si lo guardamos en un cajón y no podemos rentabilizarlo, hemos perdido tres meses de trabajo. Nos vamos directos a la quiebra”.

Nunca tomé nota de los nombres.

Digamos que es guionista de televisión y tiene 27 años. “Mi serie favorita es “True Blood” aunque la segunda temporada ha perdido calidad. Si sabes buscar el proxy y dejas el ordenador descargando por la noche, puedes acceder a todo lo que quieras. Aquí no funciona el Copyright. Tengo más de 1000 películas y series almacenadas en discos duros. Casi todas prohibidas. ¿Youtube, Facebook? Eso es cosa de niños”. ¿Participaste en el movimiento verde? “Estuve detenido 8 días”. Su hermano interrumpe la conversación. “No hables de política”. No insistiré.

“Ahora tengo que escribir un guión sobre un ataque contra Irán. Me piden que lo organice la CIA y el Mossad. Por ahora he conseguido convencerles de que sean mercenarios contratados por el Club Bilderberg. Me parece más realista. Pero sobre todo, intento llevar la contraria como actitud vital. Son muy aburridos y nos divierte ponerles nerviosos todo el tiempo. No pueden despedirnos a todos. Vamos a cenar a mi casa”.

El supermercado está abierto pasada la medianoche. ¿Es normal? “Sí. Por corrupción. Le pagan a la policía y todo solucionado. Si la policía nos parase de camino a casa, tú te callas, les pagamos algo y nos dejan en paz sin mirar el maletero”.

¿Sabéis donde vive Musavi? ¿Es cierto que está en su casa, bajo arresto y rodeado de policías? ¿Podríamos pasar por delante? Sólo quiero verlo. “¿Estás loco? Ni hablar.”

Norte de Teherán. Clase media alta. Cena copiosa. Más alcohol. El hermano de mi nuevo amigo guionista ha venido a pasar unas semanas en casa. Estudia en Londres. Quiere convencer a su hermano para que le acompañe a Europa. En esta familia no hay problemas económicos. Esa no es la cuestión. Desde el primer momento ha insistido en que no se hable de política. Nada digno de reseñar en una conversación que gira durante horas en torno al conocimiento enciclopédico de los asistentes de la cultura audiovisual occidental. Tanta erudición no puede más que responder a la necesidad de transmitirle una idea al extranjero. “Quítate la venda que te tapa los ojos. No somos orientales. No somos musulmanes, al menos como tú lo entiendes. No somos diferentes. Somos como tú. Este gobierno nos avergüenza profundamente”. Eso ya lo sabía. Gracias por la cena, las cervezas y la compañía. Regreso borracho al hotel. No enciendo la televisión porque no quiero que nadie me repita que no hemos venido al mundo para disfrutar. Reflexiono sobre una libertad que se mide en el número de series de televisión norteamericanas que pueden llegar a albergarse en un disco duro. 

(iii)

En los kioskos pueden encontrarse varios periódicos en inglés. Nada que reseñar. Notas de agencia. Traducciones de noticias europeas y enfoques propios sobre las negociaciones internacionales en torno a la carrera nuclear. Los textos de opinión, de clérigos. Todo muy previsible. La mejor opción, comenzar por un café en el teatro de la ciudad, que comparte recinto con una galería de arte moderno. Dos exposiciones coinciden en el tiempo. Fotografía conceptual sobre la mujer. Blanco y negro, evocadora y sutil, destilando ansias de romper con sus cuerpos. Imágenes de mujeres anónimas difuminadas por la niebla del desenfoque. Pura realidad iraní. En la sala contigua, una serie de collages pop. Denuncia contra los bombardeos israelíes sobre Gaza. El espacio teatral, lleno de gente joven, en el que se habla de todo con todos, agota localidades cada tarde. Se representa esta semana la versión persa de Macondo. La belleza de las mujeres, apisonadora. La elegancia de los jóvenes, absolutamente estudiada. Sofisticación. El director del teatro y los responsables de la obra charlan con el público a la entrada y salida de cada representación.

Tras los saludos, entramos en detalle. Aquí nadie se oculta. Todos se conocen entre sí. Los funcionarios de la cultura oficial comparten mesa sin mayores problemas con los artistas censurados. Queda clara, por tanto, la naturaleza del problema, que aumenta políticamente si avanzar en tanto fractura social. Mi amiga S aún no ha podido estrenar su primera película en Irán. La conocí en un festival de cine en Europa un año atrás. ¿Sabes lo que no les gusta de tu película? “No”. Nadie me lo ha comunicado. ¿Puedes hacer algo al respecto? “No. Podría emigrar a los Estados Unidos junto a mi marido y mi hijo pequeño”. ¿Por qué no lo hacéis? “No quiero que mi hijo deje de ser iraní. Hemos decidido que no nos iremos hasta que no aprenda persa correctamente, hasta que no conozca la historia, la cultura, el teatro, la poesía o las tradiciones de Irán. Luego nos iremos. Por ahora hemos encontrado una escuela, gestionada por las Naciones Unidas en la que no se le adoctrina. Podemos esperar”.

Su marido se suma a la conversación. Con noticias. Acaban de retirarle el permiso de filmación en la calle a la película en la que trabajaba desde hace semanas. Es maquillador. Ha ganado todos los premios que se pueden ganar en el cine iraní. Acaba de quedarse sin trabajo. Como el resto del equipo. ¿Qué vais a hacer? Mañana el director se reúne con los responsables del cine en el Ministerio de Cultura. Le gritarán. Le humillarán. Le insultarán. Le dirán que piensa más en el extranjero que en Irán, que sirve a la propaganda contra el país. Le asustarán de todas las maneras posibles. Le pedirán que modifique el guión. Si acepta, si les da la razón, si agacha la cabeza, quizás nos dejen continuar. Pero con el miedo metido en el cuerpo. Sabiendo que no nos permitirán estrenarla nunca. Que será la última. Que nuestros nombres ya están inscritos en las listas de quienes no deben trabajar. Es opresivo. Es agotador. Es deprimente.

El relato de la censura les asfixia. Tratan de obviarla y buscar elementos positivos para mostrarle al extranjero. No quieren transmitir una imagen tan negra de su país. Vayamos a ver alfombras. Cambiemos de tema.

Si en Kabul es imposible caminar sin que decenas de mujeres “emburkadas” y niños harapientos le ofrezcan calcetines al extranjero o en Bagdad no hay checkpoint que se precie sin que sus vendedores de donuts asalten a los conductores, el producto estrella de la venta callejera en Teherán es el maletín de oficina. Todos iguales, directos desde proveedor chino, de 10 en 10, sobre una sábana, tendidos en la acera, sirviendo de obstáculo para la cantidad increíble de viandantes que tapona, por ejemplo, la avenida Enghelab. Que otro día fuera escenario de una revolución verde y hoy revive en su caos circulatorio.

Los vendedores de maletines compiten con niños afganos que ofrecen celofán o chocolate. “Cómprame esto e irás a la Meca”. “No quiero ir a La Meca”, responde N. “Pues irás a Estados Unidos”. N acepta el trato. “Te lo compro”. Tampoco quiere viajar a América pero la inteligencia del niño le ha ganado la partida.

Nos dirigimos al zoco de Teherán. El más grande. El central. Antes nos detendremos porque necesitan realizar compras diarias. Entran en una farmacia. Me siento en un banco en la calle. Comienzo a sacar fotografías. Imágenes del tráfico. Sin moverme del lugar en el que me he sentado. Abiertamente, sin atisbo de clandestinidad. Me resultan llamativas las motocicletas. Disparo una secuencia de muchas motos, de ninguna moto, pienso en una serie. Hombre solos, hombres de a dos, hombres con su familia. Hasta cuatro personas por moto. Ni cinco minutos tardan en pararme. El policía, de paisano, no habla inglés. Me pide la cámara. No sabe usarla. Quiere ver las fotos. Las ve. No hay nada que ver. Me pide que las borre todas. Me pide la documentación. Se la enseño. Mis amigas se ponen a discutir con él. A gritos. Vámonos de aquí. Acabo de descartar la posibilidad de salir solo a la calle con una cámara en la mano. Ni me imagino las molestias si tratase de hablar con alguien.

El Zoco. Apenas sí se puede caminar. Ropa interior, menaje de cocina, dulces, toallas, orfebrería, aparatos de radio. Sobre todo, mucha gente. En medio del atasco humano. Ruido. Parece música. Parece música rock. ¿Pero no estaba prohibida? Un joven camina con una carrito entre la multitud. Un reproductor de mp3 conectado a un altavoz. Vende decenas, cientos, de cd´s y dvd´s. La policía patrulla, uniformada, entre el público que satura las calles del zoco. ¿No le dicen nada? No. Saco una fotografía y volvemos a perdernos en la marea de compradores que nos arrastra. Hasta un punto determinado. Hasta un claro que se abre en medio del bosque de abayas (túnica negra hasta los tobillos que llevan las mujeres iraníes) . La plaza de las alfombras. Vacía. Vacía. Vacía. No hay turistas. Nos encontramos con auténticas obras de arte. Las famosas alfombras persas. Muy lejos del poder adquisitivo medio de cualquier ciudadano medio. Sin turistas, no hay negocio. ¿Vienen turistas? pregunto. No. ¿Por qué? Ya sabes el porqué. Conclusión, N que sí va a comprar una alfombra ya que debe un regalo de boda, la verbaliza: “El arte iraní se encuentra por los suelos. Y cuanto más se pisa, más calidad adquiere”.

(iv)

Vacío monumental en las salas del Festival de cine y resistencia “Moqavemat”. Si la pregunta cae del lado de alguno de mis conocidos la respuesta es obvia. “Los jóvenes no participamos de actividades promovidas por el gobierno. Estamos hartos de guerra y resistencia. Además, estamos un poco hartos de los palestinos. Nosotros somos los palestinos de Irán”. Si se inquiere a los organizadores, la logística vence como factor explicativo. “Hemos programado demasiadas sesiones en diferentes puntos de la ciudad y el público se dispersa” .

Durante una de las proyecciones del festival, soy testigo de una escena interesante.  Dos jóvenes taquilleros, voluntarios de la organización del Festival, comparten cigarrillo y té con el extranjero. Pasa el rato. La espera deviene tediosa. Una joven camina por la acera y soy testigo de esa costumbre machista tan ibérica como universal. Los ojos que radiografían y desnudan, el verbo ágil, que comienza a improvisar frases pretendidamente ocurrentes y el gesto. Dedos pulgar e índice de una mano formando un círculo. Prestos a ser perforados en repetidas ocasiones por el índice, ágil, de la otra mano. No es necesario conocer el persa con precisión para descifrarlo. Sorpresa. ¿Agacha ella la cabeza? ¿Acelera el ritmo, avergonzada? Nada más lejos de la realidad.

Se da la vuelta, encarándose a los dos jóvenes que la han insultado. Comienza a exigir disculpas a gritos. Firme. Sin atisbo de temblor en su voz. Un par de chicas que pasaban por allí se paran junto a ella, dándole la razón y recriminándole a los hombres su actitud. Ellos se defienden como pueden y se niegan a pedir perdón. Comienzan a esgrimirse teléfonos móviles. Graban la escena con ellos. Amenazan con llamar a la policía. Llegan las disculpas. Mi sorpresa es mayúscula. “No. La policía, no”.

Taxi. Al centro de conferencias. “¿Eres periodista?” Sí. Apunta. “El presidente nos ridiculiza ante el mundo. Además, cada vez que habla, la gasolina sube 100 rials. Hace un año costaba 100 rials el litro. Ahora cuesta 400. Cuando vuelva a viajar y provocar al resto de países, costará 700 rials y yo me arruinaré. Tendré que dejar el taxi. Mientras Irán ayuda a Líbano y a Palestina, el resto del mundo nos ve como terroristas. Los únicos extranjeros que pueden verse en Teherán ahora son los chinos. Los turistas occidentales han desaparecido de la ciudad. Nos estamos aislando del mundo por culpa de este Presidente, de este dictador. Sí, apunta, apunta, dictador.” Buena suerte. 

 (v)

La cena, a una hora en coche de Teherán. En las montañas. Casa de vacaciones. El lujo es sobrio, elegante, diseñado, sofisticado. Podríamos estar en la ladera del Tibidado Barcelonés. Sólo cambia el idioma. Suena Belle and Sebastian. El bar, perfectamente provisto de cualquier licor al uso. La comida, variada y de encargo. Nadie ha cocinado para surtir la mesa. Varias parejas que superan la treintena por poco. Ni casados ni con hijos. Profesionales del cine, el diseño, el márketing con estudios en el extranjero. 

Una de las asistentes, una actriz conocida y de éxito, abrió un café-restaurante, punto de encuentro cultural. Apoyó en público a Musavi durante la campaña electoral. le quemaron el local. ¿Has hecho algo para denunciarlo? “No”. ¿Por qué? “Porque no podemos. El perfil que toca ahora es el del silencio y la espera. No conseguiríamos nada.”

Ella, la más joven, la única de las personas que se decide a articular un discurso, trabaja en la filial iraní de una gran compañía multinacional. No se necesita más información para presentarla, convertida en portavoz del grupo de amigos. “Te detienen durante un día y son ellos los que se sienten humillados por nuestra actitud de no asustarnos. ¿Queréis que os tenga miedo? No lo vais a conseguir. ¿Queréis que llore? No lo vais a conseguir. De mi boca no saldrá ni un solo insulto hacia ellos”. No va a irse del país como han hecho ya tantos de sus amigos. Podría hacerlo sin mayor problema. Viaja a Europa de vacaciones cuando quiere. Su resistencia pasa por quedarse. “No voy a dejarles que me digan como tengo que vivir. Tampoco tengo ninguna intención de conseguir una pistola y luchar contra ellos. Aunque el precio a pagar sea que nunca más veamos una revolución en este país. Aceptémoslo. No somos suficientes. No podemos derribar al régimen. Tenemos que vivir con ellos y entenderles si queremos que ellos nos entiendan. Yo no quiero convertirme en fascista. En este país ya hay demasiados”.

¿La carrera nuclear os preocupa? “Por supuesto. Sabemos que Israel o Estados Unidos Unidos pueden atacarnos en cualquier momento”. Me refería a la vuestra. “Quedan años para que Irán tenga armas nucleares. Es lo único en lo que estamos de acuerdo con el régimen. ¿Por qué Israel puede tener armas nucleares y nosotros no? ¿Estáis al tanto del caso de Shakineh Astiani? “Lo conocemos. Pero no entendemos el escándalo que se ha desatado. Murieron decenas de personas durante las protestas. Torturaron a miles, hay cientos de desaparecidos y una generación entera, la nacida a partir de la revolución islámica, que abandona el país a la primera oportunidad. En Irán hay pena de muerte como en tantos otros países. Como en Estados Unidos. Allí ejecutan a deficientes mentales y a inocentes. Este régimen es bárbaro. Pero no por ese caso, sino en su conjunto”.

El resto de asistentes calla y mira. El consenso es absoluto. La interrumpen para ayudarle  traducir algún concepto del persa al inglés mientras habla. De nuevo, la sensación es de puro trámite. La realidad no puede negarse. Pero es tan cierta como el desinterés político en el que transcurre su vida diaria, que continua, protegida en los reductos de privacidad de sus hogares y sus cuentas corrientes. No necesitan irse. Por eso no quieren irse. No necesitan morir. Por eso no quieren morir. No son revolucionarios ni lo han sido nunca. Lo que sucede más allá de las paredes que les acogen les afecta hasta el punto de proporcionarles un tema de conversación recurrente durante las bien nutridas sobremesas de sus encuentros sociales. 

En sus charlas, habituales, con extranjeros. La frustración es evidente. Regada con buen whisky y ambientada con los últimos éxitos del pop internacional, prohibidos pero accesibles ambos, deviene en lágrimas de impotencia. O de exaltación alcohólica de la amistad. “Han matado, han encarcelado y han torturado. Los jóvenes más brillantes del país se van y han conseguido que no haya manifestaciones en las calles. Pero saben que no podrán vencernos nunca. Que la mayoría sigue viva y la caída del régimen es sólo una cuestión de tiempo. Somos tantos en Irán los que les odiamos que a través de nuestra resistencia pasiva y nuestra negativa a colaborar con el régimen les venceremos tarde o temprano”.

 

 

PIEL de FOTO/ A CONTRAPIEL

23 febrero, 2011 § 3 comentarios

Circulaba ayer un vídeo de la corresponsal de TVE Rosa María Molló bajo el título “La imposibilidad de informar desde Egipto” en el que se ve como los shebab (niños y adolescentes que salen de debajo de las piedras en cualquier país árabe) hacen “el shebab”. Se ríen al ver una cámara y saltan y saludan y dicen “grábame, grábame”. Una escena graciosa sin mayor trascendencia convertida en noticia. Así está el patio.

Si en esa escena radica la imposibilidad de informar, sálvame oh! Twitter de Martin Chulow que, mientras tanto, avanza en solitario por Libia con el apoyo de The Guardian y contándonos en 140 caracteres lo que ve a su paso. Imagino que sin fijarse demasiado en los shebab que le saludan. Sana envidia ante el trabajo de un profesional en el que a muchos nos gustaría poder vernos reflejados.

Martin Chulow demuestra, como sucede en cada revuelta, bloqueo o guerra, que se puede. Y que interesa. Pero que necesitas el apoyo de alguien para hacerlo. Conozco a una docena de personas que podrían saltar a un avión en 24 horas y sabrían contarlo. Pero no tienen el apoyo de nadie. No pueden rascar más. No pueden pedir más préstamos. No quieren escribir más emails sin respuesta.

Pero no estamos aquí para quejarnos otra vez, cansinos, y  jugar a disfrazarnos de la Norma Densmore de Sunset Boulevard. Que apenas tenemos 30 o 35 años y peinamos las justas canas. Ya basta. Ya pasó. Ya fue. Se acabó. Aburrimos. Aburren.

Ellos en su mundo, nosotros en el nuestro.

Encima, a gusto.

El jueves pasado en Las Delicias, Rambla de Raval, tres de los miembros fundadores del PFF (Plataforma de freelance fracasados) nos disponíamos a llenar de cerveza una noche más en la que cagarnos en el mundo. Y contarnos lo mal que está el patio jugando a la misma chapa de siempre cuando nos asaltaron dos sonrisas. 

Parte del equipo de PIEL DE FOTO ordenador en mesa, PDF en pantalla se daba la vuelta y nos mostraban el nuevo número aún calentito. Qué casualidad! A dejarse de ostias. ¿Mola o no mola? Tipo de letras, espacios, fotos, maquetación. De eso es de lo que hay que hablar. El resto sobra.

Y mola.

El número seis de PIEL DE FOTO ya circula, con la tinta aún húmeda. Comienza a distribuirse por Barcelona. Caja a caja, con editores voluntarios, fotógrafos voluntarios, redactores voluntarios, repartidores voluntarios, página web y flashmob incluída. Van ya seis números de una revista de fotografía documental en papel que sobrevive y crece. Sin ánimo de lucro. Por hobby. Por pasión. Sin salarios. Sin discursitos baratos. Sin hipocresía. Sin pontificados, líderes ni gurús. Con muchas fotos. Con reportajes. Con una crónica en páginas centrales, una nueva sección que se llama A CONTRAPIEL y que surge, como todo lo bueno, de la sonrisa, la casualidad y las ganas.

PIEL de FOTO, como casi toda iniciativa de este ámbito, crece tanto que en cualquier momento puede explotar y hundirse. ¿Qué es A CONTRAPIEL? A CONTRAPIEL es esto: ¿Porqué no le sumáis una crónica larga? Son ocho páginas escritas en Teherán que no he conseguido publicar. Se la sumamos. Más dinero. Más gastos. Más problemas. Pero mientras no se hunde, la revista crece. Gracias a la profesionalidad no correspondida, esto es, a profesionalidad de la buena, de la perenne, de la que existe sin recibir nada más a cambio que cumplir con la vocación, con lo que querías ser de mayor. Con ese papel que llevas a casa porque te hace ilusión mostrárselo a tu madre. Las facturas ya las pagarás otro día.

Y explora. Explora temas a través de la foto. Y formatos y temas a través de la letra. PIEL de FOTO/ A CONTRAPIEL. Que he tenido el honor de inaugurar. Con emoción. ¿Qué pensarán los lectores?. ¿Habrá feedback?. ¿Se entenderá?. ¿Conseguiremos un reportaje o una crónica para el siguiente número? ¿Habrá siguiente número?.

Sí. Claro que lo habrá.

Verkami y el crowdfunding. En menos de dos semanas y a través de donaciones se ha conseguido la mitad del dinero necesario para que el número 7 salga a la calle. Queda un mes para recaudar apoyos. De 20 euros en 20 euros. Por ahora 101 personas han puesto una media de 15 euros por cabeza. Desinteresadamente. Con ganas. Con una ilusión y un apoyo que no se puede defraudar. Que no podemos dejar caer. Al que hay que responder.

Es casi tan bonito como una buena canción pop. Un grupo de amigos se juntan, sacan una revista, la difunden. Se levantan, se caen y se vuelven a levantar. Se juntan más amigos. Acaba circulando por la ciudad. Por las barras de los bares. Por Internet. Por el canal de la ilusión. Y alguien se la cree y aporta euros. Y vuelta a empezar.

Si tuviésemos sueldo por hacerlo, nunca habría salido. Ni lo dudo. Ahora que está en la calle, a soñar un rato más. Y que cada vez que los frustrados nos sentemos en un bar a pedir la primera ronda, nos encontremos con PIEL de FOTO.

Para zanjar la discusión (Manu y Alberto) una canción. “Dejan los tambores de sonar y un gong anuncia la retirada…se discute la capitulación mientras se aproximan carcajadas…”. Una de las nuevas de Nacho Vegas, que ha creado un sello llamado Marxophone y también se autopublica en CreativeCommons. Otro que sabe lo que se hace. 

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Recuerdos recurrentes, ganas de escribir.

14 enero, 2011 § 3 comentarios

Este es el primer capítulo de un libro escrito pero no publicado (aún).

Siempre es el frío del primer amanecer lo que nos pone en marcha. Contentos porque ha pasado una noche más, no necesitamos despertadores. El descanso nunca es lo suficientemente profundo para darle la bienvenida al ronquido.

Nadie piensa en dormir. Descansar en posición horizontal y en relativo silencio, a ratos, es más que suficiente dadas las circunstancias. Cada vez que abro los ojos me cruzo con alguien más que otea, despierto. Pasando las horas en vela, simulando el sueño, calculando la distancia entre las explosiones y la casa, escuchando el zumbido de los aviones espía o los helicópteros. Yo me levanto a fumar un par de veces en el quicio de la puerta sin atreverme a sacar el cuerpo al patio de la casa. No quiero que me vean desde el aire como una sombra en la oscuridad.

Una noche más sin que se cumpla la pesadilla que me ataca. Si cierro los ojos, tengo miedo de soñar. Veo mi cuerpo enterrado bajo los escombros. Mutilado. Por eso aguanto en vela.

Como dormimos con toda la ropa puesta, lleva apenas un minuto prepararse. El tiempo de lavarse la cara con el agua fría del cubo que encontramos en el baño. Ni cepillo de dientes ni jabón, un poco de agua para quitarse las legañas y bajarse los pelos de punta y estamos en marcha. Té, cigarro y agua. Después cigarro y cigarro. Tres, cuatro, cinco paquetes por día.

En la puerta del centro médico me encuentro con alguien que reconozco y me reconoce. Nunca sé si son médicos, enfermeros, camilleros o sólo jóvenes que han hecho un cursillo y que se han puesto un chaleco con el emblema de alguna de las ong´s sanitarias, que vuelan por todas partes. Lo que sí sé es que son jóvenes que no quieren esperar a la muerte sentados en sus casas. En todo caso, si me lo encuentro en un hospital y va vestido como el personal médico, algo útil hará.

Compartimos más tabaco.

Hace el turno de noche en el Hospital Al Awda y el de día en Beit Hanoun. Me refresca la memoria. He pasado la primera noche con él en Yabalia. En la puerta del hospital, esperando, exactamente en la misma situación en la que nos reencontramos esta mañana. Me da vergüenza no recordar su nombre. Le pregunto cuándo duerme. No duerme. Es obvio.

Sobr le habla al oído a Ewa una vez más. Dile a Alberto que esté preparado para grabar. Traen a alguien. No es mi intención grabar por grabar cómo entra más gente herida en el hospital. Tampoco voy a ponerme a explicarle a Sobr que me interesan las historias de los vivos, no la reiteración de imágenes sangrientas que nos bombardea la retina. Grabada una, grabadas todas. Eso ya lo hacen las agencias. Trato de que no se note mi gesto de desgana.

Ni siquiera son las ocho de la mañana, es martes -por casualidad lo recuerdo- y ya estoy cansado. Llevamos dos horas caminando por un campo de refugiados y ya hemos conocido a una familia que lo ha perdido todo. Suficiente, cuando el sol no ha terminado aún de salir. Ya grabé el hospital Al Aqsa en Deir El Balad. Ya tengo imágenes de hospital. No necesito más. No es agradable. No quiero sentirme así. No quiero esforzarme por acumular sangre.

Pese a todo, obedezco. Me voy con mi nuevo amigo y esperamos en la puerta. Apenas han pasado dos minutos. Revuelo. Ruido. Movimiento reflejo. Alguien coge una camilla y echa a correr, con ella en el hombro derecho, hacia la puerta que da entrada al hospital desde la calle, a través del patio.

Instintivamente le sigo, grabando, aún no sé el qué. Me había prometido a mí mismo no repetir las imágenes que las agencias enviaban al mundo y a la primera ocasión, me estoy comportando como lo haría cualquier cámara de agencia. La curiosidad siempre puede más que la coherencia.

Mi amigo sin nombre corre con nosotros y un carro tirado por una mula derrapa en la entrada, a toda velocidad. Confusión. El carro se detiene. Lo conduce un hombre. Varias mujeres se bajan, gritando. Arrancan tres cuerpos de la parte posterior del carro, siempre tapados con mantas. Parecen muñecos. Son pequeños.Se los dan a los paramédicos, que tiran la camilla al suelo y echan a correr con los niños en brazos hacia la entrada de urgencias. Les sigo. Son tres en total. Nunca olvidaré la imagen. El pelo bailando, al ritmo de la carrera, mojado, embarrado. Los brazos que cuelgan. Gritos desesperados de quien parece su madre. Los depositan en tres camillas. Me empujan dentro y cierran la puerta para que no se agolpen los mirones. Yo también soy un mirón. Pero quieren que lo grabe. Soy el extranjero, el mirón útil.

Lama, de cuatro años, ya está muerta. Tratan de reanimarla pero es imposible. Los ojos, abiertos en todo su tamaño, negros y perdidos. Sangre recién seca en la cara y el cuerpo. La limpian con un paño húmedo y la envuelven en una sábana. Sus familiares besan el cadáver, impotentes. Inmediatamente rompo a llorar. Su madre grita frente a mi. No me siento autorizado a invadir ese espacio, me retiro a una esquina, me siento en el suelo, miro, lloro. Estoy conmocionado. La escena es dantesca. Varios médicos tratan de reanimar a Ismail, de diez años. El niño trata de gritar. Estertor tras estertor. Le está doliendo mucho.

Mi amigo sin nombre me levanta y me dice que grabe. Que lo grabe. Que no llore. Lo hago, enfoco, busco el plano y dejo de mirar. Sé que la cámara lo está grabando y no tengo porque deleitarme. No puedo. Me concentro en el techo mientras trato de mantener el pulso firme. Oigo un grito de niño constante. Dura una eternidad. Quiere gritar una y otra vez pero llega sólo a estertor. Como si tuviese la garganta llena de líquido. Le duele. Le han inyectado algo que le ha forzado a abrir los ojos y comienza a girar la cabeza a uno y otro lado. Le han reanimado artificialmente y le han dejado sin ropa. Tiene una herida en el abdomen. Todos los orificios del cuerpo están llenos de sangre. Ismael ha reventado por dentro.

Mi amigo sin nombre me agarra una vez más del brazo y me lleva a otra sala. Haya, de doce años, está desnuda en una camilla. Dos médicos, una enfermera y yo. Tratan de reanimarla. También tiene los ojos abiertos. Me doy cuenta de que no debo grabar su desnudez y enfoco su cara. La están entubando. Sale sangre. A presión. La niña no reacciona. Los médicos discuten. Uno dice que ha muerto. Otro le da golpes en el pecho, golpes impotentes. Con rabia. Le piden que pare. Insisten en que está muerta. No quiere aceptarlo. Rápidamente la desentuban, vomitando más sangre, que inmediatamente limpian. Apenas medio minuto y con la misma sábana sucia de la camilla en la que han tratado de reanimarla, la envuelven mientras escriben sus datos con un rotulador.

Un médico me cuenta, en inglés, que los hermanas jugaban en la puerta de su casa después de tirar la basura cuando fueron atacados. Sigo a través de los pasillos del hospital la comitiva de dos hombres que lleva los cadáveres envueltos en sábanas al depósito. Todo el mundo se hace a un lado, formando un pasillo que mira en silencio. Introducen a las dos niñas juntas en un frigorífico y antes de cerrar la puerta, su tío las besa una y otra vez mientras un grupo de hombres se agolpa en la puerta y fotografía la escena con sus teléfonos móviles.

Él se queda sólo, derrumbado, contra la pared, llorando. Le dejamos en paz y nos vamos, cerrando la puerta.

Tabaco. Fumar y fumar.

Me separo. Se llevan en ambulancia a Ismail. Quizás en el hospital Kamal Adwan puedan hacer algo por salvarle. Mi amigo sin nombre dice que no tiene posibilidades de sobrevivir. Nos confirmarían su muerte la mañana siguiente. Apoyado en el primer coche que he encontrado les digo a todos que me dejen un rato en paz. Tengo que llorar hasta que me canse. No me dan demasiado tiempo. El coche resulta ser de la familia.

La familia Hamdan ha perdido a sus tres hijos y con total entereza, al advertir que no entiendo árabe y soy extranjero, insisten en contarme lo sucedido. La madre se lamenta y se culpa a sí misma. Había pedido a las niñas y a su hermano que sacasen la basura del día cuando fue derribada por la onda expansiva de un misil. Al levantarse, tras un cráter de 10 metros de diámetro por tres de profundidad encontró los cuerpos de los niños y los restos de sus bicicletas. Me centro y, obviamente, si acabo de grabar la muerte de un grupo de niños que jugaba frente a su casa, necesito reconstruir los hechos y demostrar así que el ataque ha sido indiscriminado y desproporcionado, injusto y cruel. Criminal. No puedo pensar otra cosa. Eran niños. Nos ponemos en camino. Buscando el cráter. Hay que seguir grabando. Debe hacer frío pero ya estoy sudando mucho otra vez. Ni siquiera son las nueve de la mañana. Estoy agotado. Esto no ha hecho más que empezar.

Islandia. Placas tectónicas. Para DIRECTE nº201

20 octubre, 2010 § 2 comentarios

Nunca pensé que llegaría a verme con una libreta frente al Parlamento islandés. 

 

Durante siglos, el Parlamento Islandés se reunió al abrigo de una inmensa grieta natural, producto de un terremoto.

En el lugar exacto en el que confluyen, con toda su fuerza la falla tectónica norteamericana y la euroasiática, los representantes de los clanes discutían sobre su autogobierno. La “Ley de la roca”, nombrada a partir del promontorio desde el que cualquier ciudadano podía dirigirse a la asamblea de islandeses, contribuyó a crear la imagen de sociedad abierta que se tiene del país. El lugar se llama Pingvalllir y se considera el parlamento más antiguo del mundo. Pero fue disuelto en 1271.

Ocho siglos más tarde, en octubre de 2010, en los suburbios de Reykjavik y apenas a 45 kilómetros del lugar en el que mediante asamblea abierta se fundó el país, Ólafur Ragnar Grímsson, Presidente islandés, sirve una copa de cava catalán a los invitados extranjeros que pasean por las modestas dependencias de su residencia con motivo de un homenaje al cineasta independiente norteamericano Jim Jarmusch.

Grímsson, formalista, incide en la tradición “Islandia es una sociedad abierta y quiero que se lleven en el recuerdo que Islandia sobrevive gracias al principio de la confianza. Ni siquiera hay una valla que proteja la casa del Jefe del Estado”

Muchos de los presentes, invitados al Festival de Cine de Reykjavik, cruzan miradas. Saben que desde que los tres bancos más importantes de Islandia declarasen una quiebra conjunta en otoño de 2008 el país se encuentra atravesado por la fractura social. Por un “que se vayan todos” de reminiscencias argentina. Una nueva fractura tectónica amenaza al país.

Apenas dos horas antes del intento de convencer a los directores de cine invitados al Festival del concepto de confianza que rige la vida social del país, el Presidente ha tenido que correr, protegido por la policía, de la lluvia de huevos, lechugas y tomates que varios miles de ciudadanos lanzaban contra la ceremonia de apertura del período de sesiones del Parlamento para manifestar su descontento con el sistema político que les gobierna. En Islandia, la ciudadanía se ha rebelado contra las medidas de austeridad propuestas por su gobierno en coordinación con el Fondo Monetario Internacional.

Así lo explicaban la noche anterior una docena de personas que pasan las noches en vela frente a la sede del pequeño edificio que acoge la asamblea legislativa en Reykjavik y mantienen animadas tertulias con quienes se retiran tras la hora de cierre de los bares, ofreciendo incluso,  café caliente con el que despejarse y prestar más atención a complejas explicaciones respecto al estallido de la burbuja inmobiliaria en el país. Son casi cero grados que no parecen importarles ante la posibilidad, real para miles de islandeses, de quedarse, literalmente en la calle.

Casi el 20% de los hogares islandeses se encuentran en quiebra debido a la imposibilidad de pagar sus hipotecas. Islandia es un laboratorio. Todo lo que el “milagro islandés” tuvo de paradigmático durante la época de las vacas gordas, del consumo exacerbado –el “deme dos” de los islandeses que viajaban de compras por Europa- de su consideración de refugio para los capitales extranjeros que buscaban un lugar seguro en el que reproducirse sin límite aparente, lo tiene ahora de escenario en el que plantear alternativas de salida de la crisis.

Su reducido tamaño permite estudiar posibilidades. Las propiedades inmobiliarias financiadas con créditos denominados en moneda extranjera debido a la sobrevaloración de la corona, se han convertido en símbolo del problema que atraviesa Islandia. El país que en 2006 tenía una renta per cápita más alta que cualquier país de la Unión Europea. Y fue declarado “mejor lugar para vivir del mundo” por las Naciones Unidas se enfrenta hoy a un 9% de desempleo, impensable para el país hace pocos años y a unos indicadores de bienestar en caída libre. Casi el 1% de la población podría verse, literalmente en la calle si el gobierno no interviene para impedirlo.

La diferencia con la Europa continental radica en que, según el propio Fondo Monetario Internacional, el 63% de la deuda de las familias islandesas, mayoritariamente la que tiene que ver con propiedades inmobiliarias, no puede pagarse. Y el Parlamento islandés se vio obligado a aprobar, en consecuencia -y ante la presión ciudadana- una moratoria en el pago de la hipotecas que terminaba precisamente el mismo día 1 de octubre que se inauguraba el período de sesiones.

La movilización social ha conseguido que el parlamento debata una ley a partir de cuya aprobación, se calcularía la diferencia entre el precio real de la propiedad y el valor del crédito concedido para comprarla, rebajándose la diferencia. La lógica que subyace tras la iniciativa es “si la moneda se encontraba sobrevalorada y los créditos, por tanto, se inflaron artificialmente, los ciudadanos no tienen porque pagar por ella”. Mientras se debate la propuesta y, sobre todo, mientras el gobierno trata de convencer al Fondo Monetario Internacional de que es la única salida posible, se ha aprobado una nueva moratoria al pago de créditos de cinco meses.

A fin de cuentas, los 200 millones de coronas que se “perdonarían” a las familias no son más que un 8% de la cantidad de dinero inyectada en el sistema bancario del país tras la crisis que lo llevó a la bancarrota en el invierno de 2008.

El sistema de sociedad abierta y asamblearia que ha caracterizado Islandia desde sus comienzos -junto a su reducido tamaño- ha permitido que la movilización ciudadana ejerza una presión consistente sobre la clase política a lo largo de los últimos dos años. En un país donde prácticamente toda la población está lejanamente emparentada o se conoce personalmente en mayor o menor medida ha anulado la capacidad del gobierno de separarse de la voluntad de los islandeses.

Sin ir más lejos, Islandia es el único país donde la crisis ha puesto bajo control público a la banca privada que quebró durante el estallido de la burbuja financiera. Si el gobierno intervenía, el gobierno debía controlar. Es también el único país donde un Primer Ministro será juzgado por la responsabilidad del poder político en los desmanes y la ausencia de control sobre los mercados que provocó que el país llegase a la bancarrota. Imposible olvidar que en marzo de 2010, la población rechazó con un abrumador 93,1% del voto, devolver la deuda acumulada ante bancos extranjeros.

De regreso en Pingvallir, el lugar donde las fallas tectónicas nortemericana y euroasiática chocan provocando una inmensa grieta, origen de la democracia islandesa, adquiere sentido el grito unánime de los ciudadanos que protestan frente al parlamento: “o están con el Fondo Monetario Internacional y sus medidas de ajuste o están con nosotros”. 

¿Es Teresa Esquivias, funcionaria de la Embajada en Bagdad, la última víctima española de la guerra de Irak? (EL MUNDO)

17 octubre, 2010 § 6 comentarios

Hoy publico este reportaje en EL MUNDO. 

Teresa Esquivias. ¿La última víctima española de la guerra de Irak?

“Estábamos Antonio [González-Zavala, Encargado de Negocios de España en Bagdad] y yo trabajando. El resto disfrutaba de vacaciones en España…La detonación me desplazó, mi cabeza tocó el ordenador, me quedé sorda y con taquicardia, en medio de un polvo que no se veía nada.”

El 4 de abril de 2010, explotó un camión bomba a unos 50 metros de la Embajada de España en Bagdad. El relato pertenece al email que Teresa Esquivias, Oficial de comunicaciones de la legación diplomática envió a sus familiares y amigos. Apenas tres meses tarde, el día 12 de julio, Teresa sufrió un aneurisma cerebral en Bagdad. Dos días después falleció en la base militar norteamericana de Landstuhl, Alemania. Causa oficial de la muerte: hemorragia subaracnoidea. Deja viudo y seis hijos.

La secuencia probable de los hechos es la siguiente: aneurisma latente, onda expansiva que incide en el aneurisma, y derrame (hemorragia subaracnoidea) de lenta evolución. Tres meses después sufre una crisis. Se la traslada de emergencia a un hospital militar norteamericano en Bagdad. El primer diagnóstico es “golpe de calor”. Cuando se dan cuenta de que se trata de un aneurisma es ya demasiado tarde. Ni el Ministerio de Asuntos Exteriores ni el Ministerio de Interior abren la hipótesis del nexo causal entre el atentado del 4 de abril y el fallecimiento del 14 de julio.

Teresa Esquivias había recibido la Cruz de oficial de la Orden de Isabel la Católica y la Cruz de Oficial del Mérito Civil. Llevaba más de diez años trabajando para el Ministerio de Asuntos de Exteriores. Llegó a Bagdad en 2007. Una comisión de servicios de seis meses se convertiría finalmente en tres años de estancia en la más complicada de nuestras legaciones diplomáticas.

Apenas cinco días después del atentado, el 9 de abril, Teresa Esquivias llegaba a Madrid para disfrutar de sus vacaciones. “¿Te han hecho algún chequeo?” fue lo primero que le preguntó Jesús Caicedo, su marido. “Sí”, respondió Teresa con una mentira piadosa “Los americanos me han mirado y han dicho que está todo bien”. Durante el mes que pasó en España se quejaba continuamente de dolores de cabeza, nauseas y ganas de vomitar. Tampoco oía bien. Nadie pensó que la Hemorragia subaracnoidea que la mató comenzaba, probablemente, su lento y mortífero avance.

Ningún médico comprobó el estado de salud de Teresa tras la explosión pese al golpe que su cabeza recibió contra el ordenador debido a la onda expansiva. Su familia ha solicitado acceso al informe de los GEOS sobre el atentado. Quieren conocer cual fue la intensidad real de la onda expansiva que afectó al despacho en el que trabajaba Teresa y el motivo por el cual no fue trasladada a un hospital para que se le realizase un chequeo médico. Jesús Caicedo, su viudo, insiste en que “debería haberse iniciado de oficio una investigación por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores para estudiar el nexo causal entre explosión y fallecimiento. Si hay un atentado en medio de la calle, el propio Ministerio de Interior pone en marcha un protocolo de atención a las víctimas y sus familias. Quizás los propios GEOS que la evacuaron dos veces, tras el atentado y antes de su muerte, debieran haber puesto en marcha el aviso. Quizás el máximo responsable de la Embajada de España en Irak era quien tenía la autoridad para que eso sucediese”.

Según el CESEDEN (Centro Superior de Estudios para la Defensa Nacional) la onda expansiva es “la onda de choque provocada en el aire por la detonación del explosivo. El efecto destructivo se amplifica, reforzándose el efecto de la onda expansiva si se realiza la explosión en espacios cerrados”. Las distancias de daño de las ondas expansivas. Para un camión pequeño (la explosión fue provocada por un camión bomba) la zona mortal son 91 metros y la distancia mínima de evacuación, 1.100 metros a la redonda.

El Doctor Gerardo Esteban, que ha estudiado el llamado “síndrome de la onda expansiva” lo define como “el trauma causado por el aumento violento en la presión del aire por la detonación de una carga de energía. En recintos cerrados el daño es particularmente grave y en tales circunstancias la presión de la onda explosiva se aumenta en forma geométrica por el reflejo sobre paredes, techo y suelo”.

El 15 de mayo Teresa Esquivias se despidió de su hija. “No quiero llorar, pero no sé si seré capaz de llegar hasta la embajada con todos los controles que hay que traspasar desde el aeropuerto hasta el barrio de Al Mansur. Por si me pasara algo, aquí están mis seguros de vida, tenlos a mano”.

El 23 de mayo Teresa pone por primera vez sus dolores de cabeza por escrito. “Ayer tuve que recurrir al paracetamol para paliar un terrible dolor de cabeza”. Teresa se siente mal y le comenta a su marido la necesidad de “pasar por el notario en cuanto viaje a España”. Para hacer testamento. Cuando la familia recibió en España los efectos personales de Teresa encontraron 6 cajas de Advil, más conocido en España como Ibuprofeno, un calmante utilizado para el alivio sintomático del dolor.

El 20 de junio, en un correo con su familia, se despide con un “me truena la cabeza, luego os escribo”. El último día del mes le fue concedido, finalmente, el tan ansiado traslado a Nueva York. El día 11 de julio se despide de su marido con un lacónico “llevo malos días”. Fue la última vez que hablaron.  

 “El 12 de julio la mañana transcurrió con normalidad” según González-Zabala, que recuerda con dolor aquel día. “Comenzada la tarde, recibí una llamada de Teresa. Se encontraba mal. Decidimos ingresarla en un hospital norteamericano en Bagdad. El primer médico achaca las molestias a un golpe de calor y decide dejarla en observación. Pasadas un par de horas, deciden realizar más pruebas y trasladarla. Los ingresos a cada hospital y los movimientos por la ciudad son una pesadilla rodeada de gestiones al más alto nivel. En el segundo hospital se le diagnostica un aneurisma cerebral”. 

En torno a las 6 de la tarde, Jesús Caicedo, el marido de Teresa, recibe una llamada desde Irak. Es el Jefe de Misión. “Jesús, es grave”. “Antonio [González-Zabala], por Dios, de qué me estás hablando?”. “No se ha podido hacer nada por ella”.

Al igual que tras el atentado nadie barajó la posibilidad de realizar chequeos buscando posibles “síndromes de la onda expansiva”, tampoco nadie activó en esta ocasión el servicio de emergencia que depende de la Subdirección General de Asistencia a Víctimas del Terrorismo para dar apoyo psicológico a la familia. Nadie planteó abrir una investigación que descartase la hipótesis del nexo causal. Por segunda vez en tres meses, no existió una canal de comunicación entre el Ministerio de Asuntos Exteriores, responsable de la Embajada en Bagdad y el Ministerio de Interior para estudiar el caso de Teresa Esquivias y organizar su repatriación y recibimiento en España. En todo caso, según Jesús Caicedo “el único responsable es el terrorista. Pero las cosas podrían haberse hecho mucho mejor”. 

Las caceroladas contra bancos y políticos resuenan en Islandia. DIAGONAL nº 135.

16 octubre, 2010 § 1 comentario

Artículo publicado en el número 135 del periódico DIAGONAL. Me encanta colaborar con este periódico. Cinco años de historia a base de militancia y subscripciones. Construyendo desde abajo, recabando apoyo social y con la estrategia de sumar, que es como se construye. En papel e internet. Me quito el sombrero. 

El texto:

La cacerola se cuece en Reykjavik. Cocinando a golpes un descontento popular con pocas especias, sin banderas ni partidos, una protesta que quita el hambre pero no alimenta. Que se sostiene sobre el fuego lento del desempleo y la ejecución hipotecaria. Si el cacerolazo argentino se gestaba cantando, los islandeses han elegido aullar desde las cocinas de las casas que pierden. Desde lo más profundo del hogar.

Los huevos, lechugas y barras de pan que los políticos esquivan, protegidos tras carreras y paraguas, en su ceremonial camino desde el parlamento a la Catedral de Reykjavik aceleran el vaciado de las despensas. Como si los ciudadanos tuvieran prisa por llegar al límite de sus posibilidades para forzar, así, un cambio en la situación. Se abre el periodo de sesiones del año político y se impone un “que se vayan todos” rudo y tormentoso. Del atlántico norte. Sin tambores ni cantos. Aquí, quedarse en la calle significa mucho frío.

Varias personas dejan las llaves de sus coches a las puertas del parlamento, un lugar cada vez más sucio y pegajoso. Entre restos de vegetales, las llaves de decenas de coches que ya nadie puede pagar. “Que se los queden. ¿sabes que cada día alguien quema su casa para que el banco no se la quede?”.

Un hombre insulta, solo, blandiendo su cartel en una esquina de la plaza, agotando su catálogo de expresiones respecto a la evacuación de excrementos. Su discurso colabora a comprender el enfado que transmite. “Un 9% de desempleo es inasumible para el que fuera uno de los países con mayor nivel de vida del mundo hace cuatro años”. Hay 46.000 familias que tienen dificultades para llegar a fin de mes, y 13.000 casas embargadas por los bancos. Le gustan las cifras. “Islandia tiene sólo 305.000 habitantes”. Completa su lección de economía en crisis con la cifra de la emigración. 6.090 islandeses han emigrado por motivos económicos desde el estallido de la crisis en enero de 2009. “Por primera vez en décadas, la gente que se va supera a la que llega”.

La policía no puede contener a los manifestantes. Porra al hombro, sprays de mostaza en la mano, se ven claramente superados. Las vallas no han servido para nada. No obstante, nadie tiene intención de provocar disturbios. Tan sólo quieren estar lo más cerca posible de los diputados y ministros para acertar con sus proyectiles vegetales.

Un albañil de dos metros y más de 100 kilos, casco y herramientas al cinto, se pasea entre la gente con un gorro de lana entre las manos. Recoge monedas. ¿es para financiar la protesta? “No, es para pagar la hipoteca de mi casa”.

Un pescador se manifiesta con un desatascador de cañerías en cada mano. “Nuestros políticos son como los desperdicios que circulan por los desagües. No nos los merecemos. Les preocupan mucho más sus reuniones con el Fondo Monetario Internacional que los trabajadores locales. Han abandonado al país. No nos representan. Tienen que dimitir todos”. Está más triste que enfadado. “Lo he perdido todo. Una vida de trabajo para conseguir una casa y una familia y con 54 años lo he perdido todo. No tengo casa ni familia. Por su culpa. Lo único que he hecho en toda mi vida ha sido trabajar”.

A su lado, un joven disfrazado de caballero de inglés de principios del siglo pasado se manifiesta en silencio mientras muestra una copia de “V de Vendetta” orientada hacia el parlamento. No tiene más que decir. Cambia de opinión. Se da media vuelta, se baja los pantalones y muestra el trasero. Varias personas más le imitan.

Islandia es el único lugar del mundo donde se va a procesar al Primer Ministro por su responsabilidad en la crisis. ¿No les parece suficiente? “No. Las familias políticas comenzaron a tejer su tela de araña en 1944 cuando se proclamó la República y de tanto repartirse del poder y los cargos, la han endurecido tanto que ahora es imposible de romper. Tratan de utilizar como cabeza de turco a una persona para que cargue el sólo con las culpas de todos”.

Dos de los jóvenes que se han acercado a la protesta bien pertrechados con docenas de huevos tienen ganas de hablar. “Nosotros también somos culpables por endeudarnos en moneda extranjera sin ser conscientes de que nuestros bancos no tenían capacidad suficiente para soportar la situación. Ni el gobierno ni los bancos realizaron ninguna previsión, no les importaba nada más que la cuenta de resultados a corto plazo y nos dejamos engañar. ¿Tú sabes lo que pasó en Argentina hace muchos años?. Pues aquí ha sucedido algo parecido. Se infla el crédito artificialmente, unos pocos hacen mucho dinero y muchos se joden la vida para siempre”.

¿Cuántos años tienes? 23. ¿Vas a irte del país? “No. De ninguna manera. Este es mi país”. ¿Por qué estás aquí? “Porque miro a mi alrededor y mis amigos, mi familia, lo han perdido todo. Todo. Yo estoy aquí para demostrar que si nos lo quitan todo, podemos empezar de cero otra vez. Miro a mi alrededor y no soporto lo que veo. Es injusto. Salvan a los bancos y dejan que la gente se hunda”.

La mujer que recoge las llaves de los coches se esfuerza para conseguir que el montón permanezca ordenado. Llama a los fotógrafos para que capturen la escena. Una y otra vez. Dejan de hacerle caso. Está bebida. Excesivamente maquillada, mal maquillada, con una lata de cerveza en la mano a estas horas, apenas rebasado el mediodía, grita en medio de la multitud y nadie le hace caso.

Desde dentro del edificio, un par de diputadas, inmunes a los insultos y los aullidos, protegidas tras los cristales, sacan fotos de la mujer que recoge llaves de coches embargados para entregárselas a la clase política. Nadie las aceptará, nadie se sentará a escuchar lo que tiene que decir. A fin de cuentas, es sólo una borracha que grita.

Crisis sin solución a la vista. 

En 2006, Islandia disponía de mayor renta per cápita que Estados Unidos o Reino Unido. En 2007, Naciones Unidas la declaraba “mejor país del mundo para vivir”. Un jueves de octubre de 2010, Reykjavik vivía escenas como las que se vivieron en Argentina en el año 2001, con los ciudadanos haciendo colas ante los bancos para retirar sus ahorros ante el riesgo de que su dinero se volatilizase.

Un tipo de cambio inflado ante el que casi nadie se preocupó porque permitía disfrutar del apasionante mundo de las compras a crédito y el “deme dos” unido a un Banco Central sin capacidad de emitir moneda fiable, llevó a la devaluación de la corona y el desplome de la economía, endeudada en moneda extranjera. A finales de 2010 el país se encuentra sumido en una crisis sin solución a corto plazo.